Antes que un simple acto literario, la vigesimoquinta edición del Premio Internacional de Poesía “León Felipe” volvió a demostrar que Tábara es, cada verano, un lugar donde la palabra adquiere la categoría de patrimonio. Durante unas horas, esta villa zamorana se convirtió en el punto de encuentro de poetas, lectores, investigadores, músicos y amantes de la literatura unidos por el legado de uno de los escritores más universales nacidos en la provincia. Fue una tarde en la que la poesía no solo se leyó: se respiró, se escuchó y se sintió
El salón donde se celebró el acto comenzó a llenarse mucho antes de las seis y media de la tarde del viernes 7 de agosto. La expectación era lógica. Veinticinco años de historia han convertido este certamen en el premio poético de mayor prestigio de la provincia de Zamora y en una referencia consolidada dentro del panorama literario español e iberoamericano.
Como recordó la concejala de Cultura del Ayuntamiento de Tábara, Paqui Gutiérrez, un cuarto de siglo supera con creces la mayoría de edad de cualquier proyecto cultural y demuestra que este certamen ha sabido crecer con personalidad propia hasta ocupar un lugar privilegiado entre los numerosos premios de poesía que se convocan cada año.
Los datos hablan por sí solos. En esta edición concurrieron 551 poemarios procedentes de 17 países, una cifra que refleja el enorme prestigio alcanzado por un premio que lleva el nombre de León Felipe, uno de los grandes poetas españoles del siglo XX. Ese carácter internacional convierte a Tábara, aunque solo sea durante unos días al año, en un auténtico puente literario entre España e Hispanoamérica, uniendo voces de ambos lados del Atlántico bajo el recuerdo permanente del poeta tabarés.
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Uno de los momentos más emotivos de la intervención institucional llegó cuando Paqui Gutiérrez quiso agradecer públicamente el apoyo que México ofreció a León Felipe y a tantos intelectuales republicanos obligados al exilio tras la Guerra Civil. Aquel gesto de hospitalidad permitió que el poeta continuara escribiendo y difundiendo su obra desde el otro lado del océano, donde alcanzó una dimensión verdaderamente universal.
La concejala también lamentó que todavía no haya podido hacerse realidad uno de los grandes anhelos culturales del municipio: la creación de un centro museístico dedicado a interpretar, conservar y divulgar la figura y la obra de León Felipe. Un proyecto largamente perseguido por el Ayuntamiento que continúa esperando el impulso definitivo para que la villa natal del poeta cuente con un espacio permanente a la altura de su legado.
En sus palabras tampoco faltaron los agradecimientos a quienes hacen posible cada edición del certamen, especialmente a Caja Rural, representada por Laura Huertos Pérez, y a la directora provincial de la Seguridad Social, Teresa Peral Delgado, presente en representación de la Subdelegación del Gobierno.
La poesía comenzó a llenar el salón de una forma muy especial cuando Juan Antonio Casas, auténtico motor cultural del Ayuntamiento de Tábara, tomó la palabra para recitar “El Hacha”, uno de los poemas más sobrecogedores de León Felipe.
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Los versos, escritos hace cerca de noventa años, parecían dialogar con el presente
“En España no hay dos bandos… en esta tierra no hay más que un hacha amarilla que ha afilado el rencor…”
La emoción era palpable. Resultaba inevitable comprobar cómo aquellas palabras escritas durante otra época de enfrentamientos siguen conservando una fuerza extraordinaria. León Felipe parecía hablar directamente a la sociedad actual, recordando que el odio nunca construye, que divide, y que la poesía continúa siendo uno de los mejores refugios frente a la intolerancia.
A continuación, el secretario del premio, Jesús Losada, presentó a la doctora en Filología por la Universidad de Ohio, encargada de impartir la conferencia “El poeta que cruzó el mar: León Felipe y la imaginación transatlántica”.
Su intervención permitió descubrir la extraordinaria dimensión internacional del escritor zamorano. Desde el pequeño pueblo de Tábara hasta México, pasando por el intenso diálogo intelectual que mantuvo con algunos de los mayores poetas de su tiempo, la conferencia fue reconstruyendo el itinerario vital de un hombre cuya obra acabó perteneciendo tanto a España como a América.
León Felipe dejó de ser únicamente un poeta castellano para convertirse en una voz universal capaz de tender puentes entre culturas, lenguas y generaciones.
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Llegó entonces uno de los instantes más esperados de la jornada
El director del Centro de Estudios Literarios de Castilla y León, Joan Gonper, leyó el acta del jurado. Primero se anunció el título ganador, “La tierra prometida”. El silencio se hizo absoluto. Después, Juan Antonio Casas abrió la plica y pronunció el nombre del autor:
Juan María Calles, poeta castellonense, catedrático de Literatura Española y una de las voces más reconocidas de la poesía contemporánea, distinguido además con numerosos galardones a lo largo de su trayectoria y con una amplia experiencia en la gestión cultural dentro de la Generalitat Valenciana.
Los aplausos confirmaban que el prestigio del certamen sigue atrayendo a algunos de los nombres más importantes del panorama literario nacional.
Pero probablemente el momento de mayor carga emocional llegaría poco después con el homenaje a la ganadora de la edición anterior, la poeta ucraniana Salomea Slobidian, autora del poemario “Nadir”.
La entrega de la placa y del trofeo estuvo acompañada por una larga ovación del público. Emocionada, Salomea agradeció el reconocimiento recibido y expresó su profunda admiración por León Felipe antes de leer varios poemas de su libro.
Sus versos adquirían una dimensión especial al ser pronunciados por una escritora procedente de un país marcado por la guerra. La poesía volvía a demostrar que puede convertirse en un lenguaje común incluso cuando las fronteras, las lenguas o los conflictos parecen separar a las personas.
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Como sucede desde hace años, la música volvió a fundirse con la literatura gracias a la actuación de Pablo Madrid y Alberto Jambrina.
Su intervención convirtió los poemas en melodías y recordó que la tradición oral ha sido siempre una de las grandes compañeras de la poesía.
Especial emoción despertó la adaptación en ritmo de habanera de un poema de León Felipe, un homenaje tan original como respetuoso con la esencia del escritor.
Después llegaron distintas piezas del repertorio tradicional zamorano que parecían devolver durante unos minutos a León Felipe a la Tábara de su infancia. Era como si aquellas melodías populares hubieran atravesado un siglo para reencontrarse con el poeta que un día las escuchó siendo niño por las calles de la villa. Fue un instante cargado de simbolismo.
La literatura y el folclore caminaban de la mano recordando que ambos nacen del mismo lugar: la memoria colectiva de un pueblo.
Durante largo tiempo, Salomea Slobidian fue firmando ejemplares de Nadir a todos los asistentes que quisieron llevarse un recuerdo de una tarde irrepetible. No eran únicamente firmas sobre un libro.
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Eran conversaciones, fotografías, sonrisas y agradecimientos que prolongaban el encuentro entre autora y lectores mucho más allá del protocolo oficial.
Con ese gesto sencillo concluyó una nueva edición del Premio Internacional de Poesía “León Felipe”, aunque en realidad no fue un final, sino el comienzo de una nueva espera.
Porque quienes aman la poesía ya miran hacia la próxima edición, aguardando la presentación y firma de “La tierra prometida”, el poemario con el que Juan María Calles ha inscrito su nombre en la historia de este prestigioso certamen.
Después de veinticinco años, Tábara ha demostrado que la poesía sigue teniendo un hogar. Un hogar donde las palabras viajan desde diecisiete países para encontrarse bajo el nombre de León Felipe; donde el pasado dialoga con el presente; donde la música abraza a los versos; y donde la cultura continúa siendo una de las formas más hermosas de mantener viva la identidad de un pueblo.
Mientras existan lugares como Tábara, capaces de reunir a centenares de voces en torno a un poema, la obra de León Felipe seguirá cruzando mares, generaciones y fronteras. Porque la verdadera poesía nunca envejece: simplemente encuentra nuevos lectores dispuestos a escucharla.















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