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Tradición

Pobladura del Valle recupera la tradición leonesa de pendones e hilandones

Redacción Lunes, 03 de Agosto de 2026 Tiempo de lectura:

La tarde del 2 de agosto dejó en Pobladura del Valle una de esas imágenes que trascienden el simple programa festivo para convertirse en una auténtica lección de memoria colectiva. Allí no se celebró únicamente un desfile de pendones ni una representación costumbrista. Lo que verdaderamente se vivió fue un emocionante homenaje a la identidad de una tierra que se niega a perder sus raíces, gracias al esfuerzo silencioso de asociaciones culturales y vecinos que dedican su tiempo a conservar un legado recibido de generaciones anteriores

 

Cuando los pendones vuelven a desafiar el cielo

 

Poco antes de las ocho de la tarde, junto al puente sobre el arroyo del Reguero Grande, comenzaba una procesión muy distinta a cualquier otra. El agua seguía corriendo abundante por el cauce, algo que sorprendía a quienes conocen estas tierras desde hace décadas. Un vecino comentaba con naturalidad que “ahora no se seca nunca gracias al agua que se escapa de los canales de riego”, un pequeño detalle que también habla de cómo el paisaje rural cambia con el paso del tiempo.

 

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Con puntualidad casi ceremonial comenzó a moverse la comitiva. Tres pendones levantaron sus enormes paños para desafiar la ligera brisa de aquella tarde veraniega. Eran menos de los esperados. Desde la Asociación de Pendones Virgen del Valle, su presidente, Eliecer, explicaba con resignación que habían invitado a varios pueblos vecinos —Paladinos del Valle, San Román, La Torre y Maire de Castroponce—, pero únicamente había acudido Paladinos del Valle.

Su reflexión resumía uno de los grandes desafíos del patrimonio tradicional:

“La juventud ya no quiere tirar de los pendones.”

No era una queja, sino una preocupación compartida por muchas asociaciones culturales que ven cómo mantener vivas estas tradiciones depende cada vez de un grupo reducido de personas.

 

 

Un símbolo que resiste al paso del tiempo

Cada pendón avanzaba acompañado por cerca de una decena de pendoneros. No es una tarea sencilla. Guiar una vara de nueve metros de altura exige fuerza, coordinación y mucha experiencia.

A cada paso aparecía un nuevo obstáculo: cables eléctricos, tendidos telefónicos, árboles o fachadas. Paradójicamente, muchos de esos elementos que representan el progreso han terminado dificultando la presencia de los pendones en las antiguas procesiones para las que fueron concebidos.

 

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Sin embargo, los pendones siguieron avanzando.

Recorrieron lentamente las calles de Pobladura, atravesando algunos de los rincones con mayor personalidad del municipio, como sus históricas bodegas excavadas en tierra, uno de los conjuntos etnográficos más representativos de los Valles de Benavente.

Uno de los pendones de Pobladura, cuya vara alcanza aproximadamente los nueve metros, realizó buena parte del recorrido apoyado sobre el suelo debido a las dificultades para mantenerlo erguido. Pero cuando la comitiva abandonó las bodegas y emprendió el camino hacia la iglesia ocurrió uno de los momentos más emocionantes de la jornada.

Los pendoneros decidieron levantar nuevamente la enorme enseña.

Hubo titubeos, esfuerzo, alguna caída y nuevos intentos. Pero siempre volvía a levantarse.

Era mucho más que una maniobra técnica.

Era la imagen de una tierra acostumbrada a levantarse una y otra vez frente a las dificultades.

 

 

El protagonismo silencioso de las mujeres

Uno de los aspectos más llamativos de la jornada fue comprobar el importante papel que desempeñan las mujeres en la conservación de esta tradición.

 

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Lejos de limitarse a acompañar el desfile, muchas participaron activamente en el manejo de los pendones, compartiendo el enorme esfuerzo físico que requiere mantenerlos en equilibrio.

Eliecer lo explicaba con una sonrisa mientras portaba con sorprendente elegancia el pendón más pequeño utilizando prácticamente una sola mano:

“Aquí la afición de las mujeres por tirar del pendón es mucha.”

No era una frase hecha.

Bastaba observar el entusiasmo y la implicación femenina para comprender que, sin ellas, probablemente muchas de estas manifestaciones tradicionales habrían desaparecido hace tiempo.

 

 

Tres siglos sosteniendo una bandera

El pendón llegado desde Paladinos del Valle escondía además una pequeña joya patrimonial.

Entre sus pendoneros se encontraba Constantino, conocido por todos como Tino.

 

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Con evidente orgullo explicaba que la vara conservada por su pueblo ronda los trescientos años de antigüedad.

El paño actual es mucho más reciente, pero aquella inmensa pieza de madera ha sobrevivido al paso de generaciones enteras.

Si realmente se confirma esa cronología, podría tratarse de una de las varas de pendón más antiguas conservadas en los territorios de León y Zamora.

Pensar que esa misma madera fue levantada por nuestros antepasados siglos atrás añade una dimensión emocional difícil de describir.

 

 

La llegada a la plaza

Tras aproximadamente una hora de recorrido, los pendones alcanzaron la iglesia y finalmente la plaza del pueblo.

Los aplausos de cientos de vecinos y visitantes premiaron el esfuerzo de quienes habían recorrido las calles luchando contra el viento, los cables y el peso de unas enseñas que representan mucho más que una tradición religiosa.

 

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Representan la identidad de un territorio.

Representan la historia compartida de pueblos enteros.

Representan el orgullo de pertenecer a una tierra.

Pero la tarde todavía guardaba una segunda sorpresa.

 

 

Cuando la plaza se convirtió en un antiguo filandón

Mientras los pendoneros recuperaban el aliento, otro grupo esperaba paciente.

Hombres y mujeres vestidos con la indumentaria tradicional leonesa ocupaban un escenario cuidadosamente preparado.

 

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Comenzaba la representación del grupo El Hilandón de Alija del Infantado.

Para muchos jóvenes era probablemente la primera vez que escuchaban hablar del hilandón —o filandón, como también se conoce—.

Durante siglos fue una de las costumbres más características del antiguo Reino de León.

En las largas noches de invierno, cuando el trabajo agrícola terminaba y el frío obligaba a permanecer en las casas, vecinos y familiares se reunían alrededor del fuego.

Mientras unas manos hilaban lino, cosían o remendaban ropa, otras contaban historias.

Se narraban romances, leyendas, cuentos, experiencias de vida, canciones, refranes y tradiciones que jamás aparecieron escritas en ningún libro.

Así viajaba la memoria de generación en generación.

 

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La llegada de la electricidad, primero, y después de la radio y la televisión, fue apagando lentamente aquellas reuniones.

Sin embargo, gracias al trabajo de asociaciones culturales, investigadores y grupos tradicionales, el filandón ha vuelto a ocupar el lugar que merece dentro del patrimonio leonés.

No en vano, en 2010 fue declarado Bien de Interés Cultural de carácter inmaterial por las Cortes de Castilla y León.

 

 

Un teatro nacido del pueblo

Durante más de hora y media, cerca de veinte integrantes del grupo El Hilandón transportaron al público a un mundo prácticamente desaparecido.

No era una obra teatral convencional.

Era una recreación viva de la vida cotidiana.

Canciones tradicionales.

Dichos populares.

Historias transmitidas oralmente.

Labores agrícolas.

La trilla.

La vendimia.

El lavado de la ropa en el río.

El hilado del lino.

Las antiguas “faceiras”.

 

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Cada escena iba despertando recuerdos entre los asistentes de mayor edad, mientras los más jóvenes observaban con curiosidad un modo de vida que apenas conocen.

Había emoción en muchas miradas.

Porque muchos de los presentes habían vivido realmente aquellas escenas.

Otros las habían escuchado contar a sus abuelos.

Y algunos descubrían por primera vez una parte de su propia historia.

 

 

Una escuela que todavía está pendiente

Quizá una de las reflexiones más importantes que deja una jornada como ésta sea comprobar la enorme distancia existente entre nuestro patrimonio cultural y el conocimiento que las nuevas generaciones tienen de él.

Muchos jóvenes apenas comprendían el significado de algunas palabras, canciones o costumbres representadas.

No porque carezcan de interés.

Sencillamente porque nadie se las ha enseñado.

Tal vez haya llegado el momento de que estas tradiciones, igual que estudiamos castillos, catedrales o grandes personajes históricos, encuentren también un espacio en las aulas.

Porque el patrimonio no son únicamente los monumentos.

También lo son las palabras.

Las canciones.

Los bailes.

Las labores del campo.

Las formas de relacionarse.

La memoria oral de nuestros pueblos.

 

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Una boda para cerrar una tarde inolvidable

La representación concluyó recreando una boda tradicional leonesa.

Con humor y fidelidad histórica fueron apareciendo las interminables entregas de presentes a los novios, las canciones, los bailes y ese ambiente festivo que convertía aquellas celebraciones en acontecimientos que podían prolongarse durante días.

Las risas del público demostraban que muchas de aquellas costumbres siguen formando parte del recuerdo colectivo.

 

 

Guardianes de la memoria

Resulta fácil admirar un pendón ondeando al viento o emocionarse con una canción tradicional.

Mucho más difícil es mantener vivo todo ese patrimonio durante el resto del año.

Detrás de jornadas como la vivida en Pobladura del Valle existen decenas de personas que dedican incontables horas de forma completamente altruista.

La Asociación Cultural El Atardecer.

La Asociación de Pendones de Pobladura.

El grupo El Hilandón de Alija del Infantado.

Y tantas otras asociaciones repartidas por León y Zamora.

Ellos son los auténticos guardianes de una memoria que no puede medirse en términos económicos.

Gracias a su trabajo siguen levantándose pendones que rozan el cielo.

Siguen escuchándose romances junto a las plazas.

Siguen bailándose danzas centenarias.

Siguen pronunciándose palabras que, de otro modo, habrían desaparecido para siempre.

Porque un pueblo que conserva sus tradiciones no vive anclado en el pasado.

Al contrario.

Construye un futuro mucho más sólido, sabiendo de dónde viene y comprendiendo mejor quién es.

Y esa fue, precisamente, la gran lección que Pobladura del Valle ofreció en esta inolvidable tarde de agosto: que mientras haya personas dispuestas a sostener un pendón o a contar una vieja historia al calor de una plaza, la memoria del antiguo Reino de León seguirá latiendo con fuerza en cada uno de sus pueblos.

 

 

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