Hay iniciativas culturales que nacen con la vocación de entretener y otras que consiguen algo mucho más difícil: transformar la manera en que contemplamos nuestro patrimonio. La actividad “Resonancias de la Urbs Zamoraniensis” organizada por Ensemble Semura Sonora y Bea Barrios , bajo la dirección artística de Lucien Julien-Laferrière” , pertenece sin duda a este segundo grupo. Quienes ayer miércoles tuvimos la oportunidad de seguirla solo podemos expresar una profunda admiración por el magnífico trabajo realizado y por una propuesta que demuestra que la unión entre música y patrimonio constituye una de las fórmulas culturales más enriquecedoras que pueden ofrecerse a una sociedad
Zamora posee un legado histórico y artístico extraordinario. Sus iglesias románicas, sus plazas, sus calles centenarias y sus edificios monumentales guardan siglos de historia entre sus muros. Pero el patrimonio no debe entenderse únicamente como un conjunto de piedras antiguas que admiramos en silencio. El patrimonio cobra una nueva dimensión cuando vuelve a llenarse de vida, cuando la música, la palabra o el arte dialogan con él y permiten descubrirlo desde una perspectiva completamente distinta.
Eso es precisamente lo que consigue este proyecto. Cada interpretación musical parece devolver la voz a edificios que llevan siglos contemplando el paso del tiempo. Cada nota resuena entre las piedras como si formara parte de su propia memoria. El espectador deja de ser un simple visitante para convertirse en protagonista de una experiencia sensorial donde arquitectura, historia y música se funden en un mismo lenguaje.
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Pero existe otro aspecto que merece ser destacado y que quizá tenga incluso mayor valor: la continuidad.
Este es ya el segundo año de una iniciativa que ha sabido consolidarse. Puede parecer un detalle menor, pero en una tierra como la nuestra, donde con demasiada frecuencia los proyectos culturales de calidad nacen con enorme ilusión para desaparecer poco después por falta de apoyo o continuidad, lograr una segunda edición constituye ya un pequeño éxito colectivo.
Los proyectos culturales verdaderamente importantes no se construyen en un solo verano. Necesitan tiempo para crecer, para encontrar a su público, para perfeccionarse y acabar formando parte de la identidad de una ciudad. Solo así terminan convirtiéndose en tradiciones capaces de enriquecer la vida cultural de un territorio.
Por eso resulta especialmente esperanzador comprobar que esta iniciativa sigue adelante.
Muchos llevamos años defendiendo precisamente esta manera de entender el patrimonio. No basta con conservar nuestros monumentos; es necesario habitarlos culturalmente, hacer que vuelvan a emocionar, que generen experiencias capaces de atraer tanto a los propios zamoranos como a quienes nos visitan.
En esa misma línea nació hace algunos años el ciclo de conciertos del Monasterio de Santa Marta de Tera, donde la música encontró un escenario excepcional entre uno de los conjuntos románicos más emblemáticos del Camino de Santiago. Aquella apuesta fue posible gracias al respaldo de instituciones como la Diputación de Zamora y, de manera muy especial, al compromiso de uno de sus diputados, Jesús María Prada, que comprendió desde el primer momento el enorme potencial que tenía unir patrimonio, música y promoción cultural del territorio.
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Aquella experiencia demostró que nuestros monumentos pueden convertirse en escenarios vivos sin perder un ápice de su autenticidad. Al contrario: la música multiplica su capacidad para emocionar y ayuda a que quienes los visitan establezcan un vínculo mucho más profundo con ellos.
Hoy es el Ayuntamiento de Zamora quien merece un sincero reconocimiento por apostar por una propuesta igualmente innovadora y por respaldar un proyecto que enriquece la oferta cultural de la ciudad durante el verano. Las administraciones cumplen una función esencial cuando apoyan iniciativas de esta naturaleza, porque no solo financian un espectáculo; contribuyen a construir identidad, a dinamizar el turismo cultural y a ofrecer experiencias de gran calidad tanto para vecinos como para visitantes.
Sin embargo, ningún proyecto tendría éxito sin las personas que lo hacen posible. La enorme profesionalidad de Bea Barrios, su sensibilidad artística y su capacidad para convertir cada actuación en una experiencia cercana y emocionante, encuentran el complemento perfecto en la excelencia musical de Ensemble Semura Sonora. Su trabajo demuestra que el rigor artístico puede convivir con la cercanía al público y que la música antigua, interpretada con pasión y calidad, posee una capacidad inmensa para emocionar incluso a quienes se acercan a ella por primera vez.
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Todo ello hace pensar que esta propuesta tiene todos los ingredientes para convertirse en uno de esos acontecimientos culturales que el público espera cada verano con ilusión. Ojalá dentro de unos años podamos hablar de ella como uno de los grandes clásicos del calendario cultural zamorano. Y ojalá, además, sirva de inspiración para otros muchos proyectos. Porque nuestra provincia está llena de iglesias románicas, monasterios, castillos, ermitas, plazas históricas y rincones de enorme belleza que esperan iniciativas semejantes. Lugares donde la música podría volver a dialogar con la historia, creando nuevas experiencias capaces de sorprender, emocionar y mostrar una imagen moderna y dinámica de nuestro patrimonio.
Zamora tiene un inmenso tesoro artístico. Tiene excelentes músicos. Tiene profesionales con talento e imaginación. Solo necesita seguir creyendo en este tipo de propuestas y continuar apostando por ellas.
Por eso, solo queda expresar un agradecimiento sincero a todas las personas e instituciones que han hecho posible esta magnífica experiencia. Gracias a Bea Barrios, a Ensemble Semura Sonora y al Ayuntamiento de Zamora por recordarnos que el patrimonio no solo se contempla: también puede escucharse, sentirse y vivirse. Cuando la música encuentra el escenario adecuado, las piedras dejan de ser únicamente historia para convertirse, una vez más, en emoción.
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