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El Magosto de Calzada de Tera: un fuego que enciende los recuerdos y mantiene vivas las raíces de un pueblo

Redacción Sábado, 31 de Octubre de 2026 Tiempo de lectura:

La Asociación Cultural San Cayetano reunió a cerca de 150 personas en la víspera de Todos los Santos para celebrar una tradición que va mucho más allá de asar castañas. En una de las calles del pueblo , el calor de la hoguera volvió a reunir a varias generaciones de calzadeños en una tarde de recuerdos, convivencia y emociones. Una celebración en la que las antiguas costumbres de Los Valles de Benavente encontraron un espacio común con el Halloween de los más pequeños.

 

Una hoguera para volver a encontrarse

 

Hay celebraciones que no necesitan grandes escenarios, discursos solemnes ni espectáculos extraordinarios para convertirse en acontecimientos importantes en la vida de un pueblo. Basta una hoguera, unas castañas, el humo que asciende lentamente hacia el cielo de otoño y un grupo de vecinos dispuestos a compartir algo tan sencillo y, al mismo tiempo, tan valioso como su tiempo y sus recuerdos.

 

Eso es lo que ha ocurrido este sábado, 31 de octubre, en Calzada de Tera, donde la Asociación Cultural San Cayetano ha vuelto a convertir la víspera de Todos los Santos en una magnífica ocasión para el reencuentro.

 

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Cerca de ciento cincuenta personas se congregaron en una de las calles de la localidad, alrededor de una hoguera  que, por unas horas, se convirtió en el centro de la vida social del pueblo. Allí se dieron cita quienes viven durante todo el año en Calzada, quienes regresan periódicamente y quienes encuentran en estas celebraciones una razón más para volver al lugar donde nacieron, crecieron o permanecen sus raíces familiares.

 

Treinta kilos de castañas, preparados por la Asociación, fueron el pretexto gastronómico de una reunión cuyo verdadero significado estaba mucho más allá de lo que se asaba sobre las brasas.

 

Porque alrededor de aquel fuego no solamente se calentaban las manos. También se avivaban los recuerdos, se recuperaban historias casi olvidadas y se renovaban esos vínculos invisibles que permiten a los pueblos pequeños seguir sintiéndose comunidades vivas.

 

 

Poli  y Goyo, guardianes de una tradición

 

Desde las seis y media de la tarde, Sito y Goyo comenzaron con los preparativos de una ceremonia que, por repetida, no deja de tener algo especial.

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Como vienen haciendo tradicionalmente, se encargaron de preparar el fuego, realizar los cortes en las castañas para evitar que estallaran con el calor y vigilar su asado hasta conseguir ese punto en el que la cáscara se abre y deja escapar el aroma inconfundible de uno de los frutos más representativos del otoño.

 

Después llegó otro de esos pequeños detalles que forman parte de la memoria colectiva: los cucuruchos confeccionados con papel de periódico.

 

En una sociedad acostumbrada a los envases sofisticados y a los productos cuidadosamente presentados, aquellos sencillos conos de papel tenían el encanto de lo auténtico. Eran los mismos que recuerdan muchos de los mayores de Calzada, cuando las castañas asadas se compraban o se repartían en cucuruchos que, además de servir de recipiente, ayudaban a proteger las manos del calor.

 

Los vecinos se acercaban a recoger su ración mientras el humo envolvía la calle y las conversaciones iban multiplicándose en pequeños grupos.Unos hablaban de las cosechas, otros de familiares y conocidos, algunos recordaban acontecimientos de otros tiempos y no faltaban quienes aprovechaban el encuentro para ponerse al día después de semanas o meses sin verse.

 

Las castañas se acompañaron de bebidas, mientras los más pequeños encontraban en las golosinas otro aliciente para participar en una celebración que, para ellos, tiene también mucho que ver con las calabazas, los disfraces y las sorpresas de Halloween.

 

Y precisamente ahí estaba una de las imágenes más hermosas de la jornada: cuatro generaciones, hijos, padres, abuelos y bisabuelos, compartiendo un mismo fuego aunque cada una de ellas lo contemplara desde experiencias diferentes.

 

 

Cuando las hogueras iluminaban la noche de Todos los Santos

 

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Pero el Magosto de Calzada de Tera tiene un significado que va mucho más allá de la celebración actual.Lo que hoy se presenta como un encuentro popular alrededor de las castañas asadas hunde sus raíces en antiguas costumbres vinculadas a la festividad de Todos los Santos y al recuerdo de los difuntos, profundamente arraigadas en la cultura rural de Los Valles de Benavente.

 

Y fue precisamente durante la celebración cuando surgieron testimonios que permitieron recuperar una parte de esa memoria.Jesús, un joven de Calzada, recordaba con sorprendente precisión aquellas hogueras que los muchachos del pueblo organizaban todavía a finales del siglo pasado.Su recuerdo nos trasladaba aproximadamente al año 2000, cuando pudo haberse encendido una de las últimas hogueras de Todos los Santos siguiendo la costumbre tradicional.

 

Por entonces, los chicos y los mozos recorrían el pueblo recogiendo materiales combustibles que acumulaban en una de sus calles para preparar una gran hoguera.No se trataba únicamente de encender un fuego. Aquella preparación constituía ya una actividad colectiva, una forma de participación juvenil y un acontecimiento esperado que rompía la rutina de las jornadas otoñales.Después llegaba el momento de prender la leña, asar las castañas y compartirlas entre quienes se reunían alrededor de las llamas.

 

Jesús recordaba también cómo aquellas jornadas terminaban con el toque de las campanas, un elemento que introducía en la celebración popular la dimensión religiosa y espiritual de unas fechas dedicadas al recuerdo de quienes ya no estaban.Su testimonio adquiría un valor especial porque permitía establecer un puente entre la fiesta actual y una tradición que parecía haber quedado interrumpida hace más de veinticinco años.Quizá sin proponérselo expresamente, quienes este sábado se reunían alrededor del fuego estaban recuperando una parte de aquella antigua costumbre.

 

La hoguera había regresado a Calzada. Habían cambiado algunas formas de celebrar, pero permanecía intacta su capacidad para reunir al vecindario.

 

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Las campanas, la procesión y los miedos de otra época

Entre los mayores también afloraron recuerdos de aquellas noches de Todos los Santos en las que la celebración adquiría un carácter mucho más solemne.Algunos situaban las antiguas hogueras en la misma noche de la festividad, aunque los años transcurridos hacían vacilar la memoria sobre determinados detalles.Recordaban especialmente las procesiones que discurrían alrededor de la iglesia, en un ambiente de recogimiento, oscuridad y profundo respeto religioso.Eran otros tiempos.La iluminación de las calles era mucho más escasa y la noche otoñal, envuelta en silencio, adquiría una dimensión que difícilmente pueden imaginar quienes han crecido bajo el resplandor permanente del alumbrado público.

 

Las sombras proyectadas por los muros, el sonido de las campanas y las conversaciones de los mayores sobre la muerte y los difuntos despertaban entre los niños sentimientos que mezclaban el respeto, el misterio y, en ocasiones, un miedo difícil de explicar.No era un miedo construido mediante disfraces o decoraciones artificiales. Procedía del propio ambiente, de las creencias transmitidas durante generaciones y de una relación con la muerte mucho más presente en la vida cotidiana de las comunidades rurales.

 

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Resulta curioso comprobar cómo algunos de aquellos sentimientos encuentran hoy una expresión diferente en Halloween.Las calabazas iluminadas, los disfraces de fantasmas, las representaciones de esqueletos y los juegos relacionados con el miedo han llegado desde otras tradiciones culturales, especialmente del mundo anglosajón, y se han incorporado con fuerza al calendario festivo de las nuevas generaciones.

 

Pero mientras los niños actuales se divierten con los disfraces y las golosinas, sus abuelos recuerdan noches en las que no hacía falta disfrazarse para sentir el misterio de Todos los Santos.

 

Son dos maneras distintas de acercarse a unas fechas que, desde tradiciones diferentes, comparten referencias al otoño, a la noche y al recuerdo de la muerte.Y en Calzada de Tera ambas han encontrado una forma natural de convivir.

 

 

Halloween y Magosto: dos generaciones, una misma celebración

La incorporación de actividades relacionadas con Halloween podría interpretarse como una transformación de las costumbres tradicionales. Sin embargo, lo vivido este sábado en Calzada invita a contemplarlo desde otra perspectiva.

 

 

 

Los niños acudieron atraídos, en parte, por los elementos festivos que conocen y disfrutan. Los mayores lo hicieron movidos por el recuerdo de las castañas, las hogueras y las reuniones de antaño.Pero todos terminaron compartiendo el mismo espacio.Y esa convivencia intergeneracional constituye posiblemente uno de los mayores aciertos de la Asociación Cultural San Cayetano.

 

Porque las tradiciones no sobreviven únicamente repitiendo de manera inalterable lo que hicieron nuestros antepasados. También necesitan encontrar nuevas formas de interesar a quienes deberán mantenerlas vivas en el futuro.

 

Una niña que hoy se acerca a recoger unas golosinas puede descubrir al mismo tiempo cómo se asan las castañas sobre el fuego. Un niño que contempla los preparativos de Poli  y Goyo puede escuchar a su abuelo contarle que, cuando tenía su edad, también recogía leña para preparar una hoguera.Y quizá, dentro de treinta o cuarenta años, esos niños recuerden una tarde de octubre en la que estuvieron con sus padres y abuelos alrededor de una higuera, comiendo castañas calientes envueltas en papel de periódico.

 

Ese será entonces su propio recuerdo y la tradición habrá conseguido continuar.

 

 

El chocolate, los dulces y el sabor de compartir

 

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Cuando las castañas comenzaron a agotarse y el fuego fue perdiendo intensidad, todavía quedaba por delante otro de los momentos más esperados de la celebración.El chocolate caliente y los postres elaborados por vecinos del pueblo pusieron una nota dulce a la jornada.

 

Cristina, una de las integrantes de la Asociación Cultural San Cayetano, destacaba la participación de numerosas personas en la preparación de estos platos especiales, muchos de ellos vinculados a las costumbres gastronómicas de estas fechas.

 

La iniciativa permitió convertir la repostería casera en otra forma de colaboración vecinal.Detrás de cada elaboración había tiempo, dedicación y, posiblemente, alguna receta familiar transmitida de madres a hijas, de abuelas a nietas o aprendida observando los trabajos de cocina en los hogares del pueblo.Los tres primeros clasificados recibieron diferentes premios, aunque el verdadero reconocimiento estaba en la posibilidad de compartir lo preparado con familiares, amigos y vecinos.

 

Porque en una celebración de estas características importa mucho menos quién elabora el mejor postre que la satisfacción de comprobar cómo tantas personas se implican para que la fiesta salga adelante.El chocolate sirvió también para prolongar las conversaciones, mientras la noche iba ganando terreno a las últimas luces de la tarde.

 

Entre risas, comentarios y recuerdos, Calzada volvía a demostrar que la gastronomía popular conserva una extraordinaria capacidad para reunir a las personas.

 

 

San Cayetano: trabajar para que el pueblo siga siendo un lugar al que regresar

 

Detrás de la organización del Magosto se encuentra una realidad que merece especial reconocimiento: el trabajo de la Asociación Cultural San Cayetano.Su labor no consiste simplemente en programar actividades para llenar determinados días del calendario.

 

En pueblos como Calzada de Tera, donde los cambios demográficos y la marcha de sucesivas generaciones han transformado profundamente la vida cotidiana, las asociaciones culturales desempeñan una función que trasciende ampliamente el entretenimiento.Son instrumentos de cohesión social, espacios de participación y, sobre todo, guardianas de una memoria colectiva que corre el riesgo de desaparecer cuando dejan de transmitirse las costumbres.

 

Geli, vinculada también a la Asociación, expresaba precisamente una de las grandes preocupaciones y aspiraciones de quienes trabajan en estas iniciativas: conseguir que las nuevas generaciones conozcan las tradiciones de su pueblo y mantengan el deseo de regresar.

 

Porque conservar una fiesta no consiste solamente en recordar cómo se celebraba antes.Consiste en conseguir que siga teniendo sentido para quienes viven hoy y para quienes vivirán mañana.Y eso adquiere una importancia extraordinaria en el medio rural.Muchos de los hijos y nietos de Calzada residen lejos de sus calles. Sus vidas transcurren en otras localidades, en ciudades donde trabajan, estudian o han formado sus propias familias.Pero siguen existiendo vínculos que los unen al pueblo: una casa familiar, unos abuelos, una infancia de veranos interminables, una calle donde aprendieron a montar en bicicleta, unos amigos o el recuerdo de quienes descansan en el cementerio.Las celebraciones populares ofrecen motivos para renovar esos vínculos.

 

Cada regreso, aunque sea por unas horas, permite reencontrarse con personas y lugares que forman parte de la propia identidad.Y en ese sentido el Magosto de Calzada de Tera es mucho más que una merienda otoñal.

 

 

Es una invitación a regresar. Una forma de decir a quienes se marcharon que su pueblo continúa esperándolos y que siguen formando parte de él.

 

 

Una calle , una hoguera y la memoria de un pueblo

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Hay algo especialmente simbólico en la imagen de ciento cincuenta personas reunidas alrededor de una hoguera  en una tarde de finales de octubre.

 

El fuego  ocupa un lugar destacado en la memoria de nuestros pueblos. Han sido puntos de encuentro, espacios de conversación y testigos silenciosos del paso de las generaciones.Alrededor del fuego se han sentado los mayores, han jugado los niños y se han contado historias que rara vez quedaron escritas.Este sábado, aquella hoguera de Calzada fue testigo de un nuevo capítulo de esa historia cotidiana.

 

A sus pies, el fuego que Poli  y Goyo habían preparado iluminaba rostros de distintas edades. Entre los asistentes había quienes podían recordar aquellas antiguas hogueras de Todos los Santos y quienes probablemente asistían por primera vez a una celebración de este tipo.

 

Para unos, las llamas evocaban la infancia y la juventud.Para otros, constituían un descubrimiento.Y quizá ahí resida la verdadera importancia de este Magosto: en haber conseguido que el pasado y el futuro de Calzada compartieran durante unas horas el mismo presente.Jesús aportó los recuerdos de las antiguas hogueras. Cristina puso voz a la participación de los vecinos en la elaboración de los postres. Geli recordó la importancia de transmitir las costumbres a las generaciones más jóvenes. Sito y Goyo mantuvieron vivo el ritual de las castañas asadas.

 

Y junto a ellos, muchas otras personas contribuyeron, con su trabajo o simplemente con su presencia, a convertir aquella tarde en una celebración colectiva.

 

 

Cuando se apaga el fuego, pero permanecen los recuerdos

La noche terminó llegando a Calzada de Tera.Las últimas castañas habían desaparecido de los cucuruchos de periódico. El chocolate y los dulces habían puesto fin a la merienda. Las conversaciones, que durante horas habían llenado de vida aquella calle, comenzaron a hacerse menos numerosas.El fuego fue consumiendo lentamente las últimas brasas.

 

Llegó entonces ese momento inevitable que acompaña a todas las reuniones familiares y vecinales: el de las despedidas.Algunos regresarían a sus casas del pueblo. Otros emprenderían el camino hacia las localidades donde residen habitualmente. Y no faltarían quienes, antes de marcharse, prometieran volver en la próxima ocasión.

 

Entre los adioses seguramente flotaba un deseo compartido: que el próximo año pudiera repetirse aquella escena y que nadie faltara a la cita.Porque en un pueblo los encuentros tienen un valor especial. Cada año que pasa nos recuerda que nada permanece exactamente igual, que los niños crecen, que los mayores envejecen y que algunas ausencias terminan convirtiéndose en recuerdos.

 

Quizá por eso, cuando llegan fechas como Todos los Santos, adquiere todavía mayor significado la oportunidad de reunirse.

 

La jornada había comenzado con treinta kilos de castañas y una hoguera. Terminaba dejando algo que no puede pesarse ni contabilizarse: el afecto de los encuentros, las historias recuperadas y la satisfacción de haber compartido unas horas de convivencia.La Asociación Cultural San Cayetano había conseguido, una vez más, que Calzada de Tera se reuniera alrededor de una tradición.

 

Y lo había hecho recuperando, casi sin proponérselo, el espíritu de aquellas antiguas hogueras que encendían los mozos cuando el siglo XX llegaba a su final.Tal vez dentro de muchos años alguien recuerde también este Magosto de 2026 y cuente que, en la víspera de Todos los Santos, los vecinos de Calzada se reunían bajo una higuera para comer castañas, beber chocolate y hablar de sus cosas.

 

Que los mayores contaban cómo eran las hogueras antiguas, mientras los niños jugaban con sus golosinas y disfraces de Halloween.Y que, por encima de todas las diferencias entre unas generaciones y otras, había algo que nunca cambiaba: el deseo de estar juntos.

 

Porque las hogueras terminan apagándose, las castañas se consumen y las fiestas llegan a su fin. Pero mientras haya alguien dispuesto a encender el fuego y otros que regresen para compartir su calor, la memoria de Calzada de Tera seguirá viva.

 

Y quizá ese sea el verdadero sentido del Magosto: encender cada otoño una pequeña llama para que nunca se apague el sentimiento de pertenecer a un pueblo.

 

 

 

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