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Santa Croya de Tera convierte Las Eras en un museo viviente del automóvil con 73 vehículos históricos

Redacción Lunes, 12 de Octubre de 2026 Tiempo de lectura:

La localidad ribereña reunió este domingo 11 de octubre a auténticas joyas de la automoción, algunas con casi un siglo de antigüedad, en una concentración organizada por la Comisión de Fiestas. Los participantes recorrieron varios pueblos del Valle del Tera, despertando la curiosidad y los recuerdos de numerosos vecinos. Entre los protagonistas destacó Raimundo, un coleccionista de Tábara que conserva catorce automóviles antiguos y que presentó un extraordinario Peugeot 301 de los años treinta.

 

 

Un viaje al pasado sobre cuatro ruedas

 

Hay mañanas en las que los pueblos parecen despertar de una manera diferente. El silencio habitual de sus calles se transforma en bullicio, las puertas de las viviendas se abren antes de lo acostumbrado y los vecinos encuentran un motivo para abandonar durante unas horas la tranquilidad dominical. Eso fue precisamente lo que sucedió este domingo 11 de octubre en Santa Croya de Tera, cuando el inconfundible sonido de los motores de otros tiempos y los claxon de decenas de automóviles anunciaron la llegada de una singular caravana procedente de diferentes puntos de la región.

 

No era una competición automovilística ni una exhibición de velocidad. Era algo mucho más entrañable: un encuentro de personas enamoradas de los coches antiguos, de aquellas máquinas que durante buena parte del siglo XX transformaron la vida de nuestros pueblos, acercaron las ciudades, acortaron las distancias y permitieron que muchas familias descubrieran por primera vez la libertad de viajar por carretera.

 

El escenario elegido fue el recinto de Las Eras, donde se concentraron 73 vehículos históricos y clásicos, convocados por la Comisión de Fiestas de Santa Croya de Tera, responsable de organizar una jornada que combinó la pasión por el motor, la convivencia y la recuperación de una parte importante de nuestra memoria colectiva.

 

 

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Desde primeras horas de la mañana comenzaron a llegar los participantes. Unos lo hicieron en pequeños grupos, otros individualmente, pero todos despertaron la curiosidad de quienes contemplaban su paso por las calles del municipio. Seguro que más de un trasnochador ribereño tuvo que abandonar antes de lo previsto los brazos de Morfeo ante el insistente sonido de aquellos claxon que parecían empeñados en anunciar que, por unas horas, Santa Croya iba a retroceder varias décadas en el tiempo.

 

Y es que pocas cosas resultan tan evocadoras como contemplar un automóvil antiguo circulando nuevamente por una carretera. Su sonido, sus formas redondeadas, los cromados, las parrillas delanteras, los faros y hasta el olor característico de sus motores nos trasladan a una época en la que conducir era una aventura y poseer un coche constituía, para muchas familias, un auténtico acontecimiento.

 

 

De los años treinta a los noventa: seis décadas de historia automovilística

 

La variedad de automóviles reunidos en Santa Croya permitió contemplar una interesante evolución de la industria del motor a lo largo del siglo XX. Los vehículos participantes abarcaban desde un modelo de 1932, el más antiguo de la concentración, hasta otro de 1996, el más moderno.

 

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Entre ambos extremos se extendía buena parte de la historia de la automoción europea y, especialmente, de la española.

 

No faltaron marcas tan conocidas como Renault, Peugeot y Ford, junto a diferentes modelos de SEAT, fabricante que desempeñó un papel decisivo en la motorización de España durante la segunda mitad del pasado siglo.

 

Y, naturalmente, entre todos ellos destacó uno de los automóviles que mayor carga sentimental despierta entre los españoles: el SEAT 600, aquel pequeño utilitario que se convirtió en símbolo de progreso, de movilidad familiar y de una sociedad que comenzaba a dejar atrás las penurias de la posguerra.

 

El popular Seiscientos fue mucho más que un medio de transporte. Para miles de familias representó la posibilidad de visitar a los parientes que vivían lejos, acercarse a las playas durante las vacaciones o realizar excursiones dominicales que hasta entonces resultaban impensables.

 

Muchos españoles aprendieron a conducir en uno de aquellos pequeños automóviles. Otros recuerdan todavía los viajes familiares con los asientos ocupados hasta el último rincón, las maletas sujetas como buenamente se podía y las ventanillas abiertas para combatir los rigores del verano.

 

Seguramente, entre los visitantes de Las Eras hubo quienes reconocieron modelos idénticos a los que habían conducido sus padres o abuelos. Y quizá alguno volvió a recordar aquel primer coche que entró en el garaje familiar, comprado después de años de ahorro y recibido casi con la misma ilusión que hoy despierta la adquisición de una vivienda.

 

Porque los automóviles antiguos poseen una virtud que difícilmente encontramos en los vehículos actuales: son capaces de despertar recuerdos personales y familiares que permanecían dormidos en algún rincón de nuestra memoria. Cada modelo representa una época, pero también una manera de vivir.

 

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Cuando conservar un automóvil significa proteger la historia

 

El interés creciente por los vehículos históricos ha contribuido a que numerosos aficionados dediquen tiempo, recursos económicos y conocimientos mecánicos a recuperar automóviles que, de otro modo, habrían terminado abandonados o convertidos en chatarra.

 

En España, el nuevo Reglamento de Vehículos Históricos, en vigor desde octubre de 2024, ha simplificado considerablemente los procedimientos para obtener esta clasificación.

 

Con carácter general, un vehículo puede optar a la consideración de histórico cuando ha cumplido al menos treinta años desde su fabricación o primera matriculación, siempre que su modelo haya dejado de producirse, conserve sus características fundamentales y se encuentre en un adecuado estado de mantenimiento y conservación.

 

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Por tanto, en 2026 pueden optar a esta clasificación vehículos fabricados o matriculados por primera vez en 1996, siempre que hayan cumplido efectivamente los treinta años y reúnan los demás requisitos.

 

La normativa también facilita determinados trámites para vehículos que ya se encuentran matriculados en España y permite, en los supuestos previstos, conservar su matrícula original.

 

Sin embargo, esta consideración lleva aparejadas algunas limitaciones. Una de las más significativas es que los vehículos históricos no pueden utilizarse más de 96 días al año, precisamente porque su finalidad principal debe ser la conservación y el disfrute ocasional, y no sustituir al automóvil de uso cotidiano.

 

Las posibles ventajas fiscales, como las bonificaciones del impuesto municipal de circulación, dependen de las ordenanzas de cada ayuntamiento y no se conceden automáticamente por el mero hecho de obtener la clasificación histórica.

 

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Pero más allá de las disposiciones legales, lo verdaderamente importante es la labor de quienes dedican buena parte de su vida a conservar estas máquinas.

 

Restaurar un automóvil de hace ochenta o noventa años exige paciencia, conocimientos y, sobre todo, una enorme dosis de entusiasmo. Hay que desmontar piezas, localizar repuestos, recuperar motores, renovar tapicerías y devolver a la carrocería el aspecto que tenía cuando salió de fábrica.

 

Una tarea que muchas veces se prolonga durante años y que únicamente puede comprenderse desde una auténtica pasión por el automóvil.

 

 

Una caravana multicolor recorre los pueblos del Tera

 

Una vez cumplimentado el trámite de inscripción, necesario para participar en los premios previstos por la organización, los conductores se prepararon para uno de los momentos más esperados de la jornada: el recorrido por varios municipios de la ribera del Tera.

 

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La caravana abandonó Santa Croya y emprendió un itinerario que permitió contemplar los automóviles en movimiento por las localidades de Pumarejo de Tera, Melgar de Tera y Santibáñez de Tera, además del propio pueblo anfitrión.

 

Fue, probablemente, una de las imágenes más hermosas de la concentración.

 

Decenas de vehículos de diferentes colores, tamaños y épocas avanzando por carreteras y calles que durante décadas habían visto circular a muchos de aquellos mismos modelos cuando todavía formaban parte de la vida cotidiana.

 

Los motores rompieron por unas horas la quietud dominical de los pueblos. Los claxon anunciaban la llegada de la comitiva y los vecinos salían a las puertas de sus casas o se asomaban a los balcones para contemplar aquel inesperado desfile.

 

No faltaron los saludos, las sonrisas y los aplausos.

 

Para los más jóvenes, el espectáculo ofrecía la oportunidad de descubrir cómo eran los automóviles que utilizaron sus abuelos. Para los mayores, en cambio, constituía una invitación a regresar mentalmente a los años de juventud, cuando aquellas máquinas representaban modernidad y progreso.

 

 

 

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Quizá alguno reconoció el mismo Renault con el que había realizado su primer viaje largo. Otro pudo recordar el Peugeot de algún familiar o el Ford que en otros tiempos circulaba por las calles de su pueblo.

 

Y es que un automóvil antiguo nunca pasa completamente inadvertido. Siempre hay alguien que encuentra en sus líneas, en su matrícula o en el sonido de su motor una historia que merece ser contada.

 

La caravana demostró también que las concentraciones de vehículos clásicos no necesitan grandes ciudades ni escenarios monumentales para resultar atractivas.

 

Los pequeños pueblos del Valle del Tera, con sus calles, plazas y paisajes, ofrecieron un marco especialmente apropiado para una actividad que combina historia, patrimonio y convivencia.

 

 

Raimundo, el hombre que devuelve la vida a los automóviles centenarios

 

Entre los numerosos vehículos participantes hubo uno que llamó especialmente nuestra atención.

 

Se trataba de un elegante Peugeot 301 de los años treinta, propiedad de Raimundo, un vecino de Tábara que ha convertido su afición por los automóviles antiguos en una verdadera labor de recuperación del patrimonio industrial.

 

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Conversar con Raimundo supone descubrir que detrás de cada coche restaurado existe una historia de esfuerzo, dedicación y conocimientos mecánicos.

 

Su Peugeot 301, adquirido en Alemania, pertenece a un modelo que se fabricó entre 1932 y 1936, una época especialmente convulsa de la historia europea.

 

El automóvil nació en unos años en los que Europa todavía sufría las consecuencias de la gran crisis económica de 1929 y comenzaban a dibujarse los acontecimientos políticos que desembocarían en la Segunda Guerra Mundial.

 

Por su antigüedad, aquel Peugeot pudo haber circulado durante la Guerra Civil española o por las carreteras europeas en los años de la contienda mundial, aunque Raimundo desconoce los detalles de su trayectoria anterior.

 

 

Y precisamente esa incertidumbre aumenta su atractivo.

 

¿Quién fue su primer propietario? ¿Por qué ciudades circuló? ¿Qué personas ocuparon sus asientos? ¿Cuántos viajes realizó antes de que el paso de los años lo convirtiera en una pieza de colección?

 

Son preguntas que probablemente nunca tendrán respuesta, pero que forman parte del misterio que rodea a estos automóviles.

 

Lo que sí conocemos es el extraordinario trabajo desarrollado por su actual propietario para devolverle el esplendor de otros tiempos.

 

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Raimundo nos explicó que restauró personalmente el vehículo, recuperando numerosos componentes y dedicando incontables horas a conseguir que aquella máquina volviera a funcionar con la dignidad que merece un automóvil de semejante antigüedad.

 

Su excelente estado actual constituye la mejor demostración de que, cuando se unen la pasión y los conocimientos, es posible devolver la vida a objetos que parecían condenados al olvido.

 

Pero el Peugeot 301 es solamente una de las joyas que integran su colección.

 

Raimundo conserva catorce automóviles antiguos, algunos de ellos próximos al siglo de existencia.

 

Entre los más destacados figura un Ford A, al que atribuye alrededor de cien años de antigüedad y que también ha restaurado completamente.

 

En este caso, la intervención fue especialmente profunda, pues llegó a trabajar sobre el propio motor, sustituyendo pistones y recuperando diferentes componentes mecánicos.

 

No estamos, por tanto, ante un simple coleccionista que adquiere vehículos para contemplarlos inmóviles en un garaje.

 

Estamos ante una persona que conoce sus mecanismos, que disfruta desmontándolos y reparándolos, y que encuentra una satisfacción especial cuando consigue que un motor detenido durante décadas vuelva a ponerse en marcha.

 

Sorprende también una de sus afirmaciones.

 

Contrariamente a lo que pudiera pensarse, Raimundo asegura que conseguir piezas de repuesto para muchos de estos vehículos no resulta especialmente complicado.

 

Según su experiencia, existe en España un mercado especializado que permite localizar prácticamente todos los componentes necesarios para afrontar numerosas restauraciones.

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Pistones, neumáticos, elementos mecánicos, materiales de tapicería y otros accesorios pueden conseguirse gracias a empresas y profesionales dedicados a mantener viva la automoción clásica.

 

Naturalmente, disponer de las piezas no significa que el trabajo sea sencillo.

 

Cada restauración requiere horas de dedicación, ajustes minuciosos y la capacidad de resolver problemas que difícilmente aparecen en los talleres de automóviles modernos.

 

En ocasiones, una pieza aparentemente insignificante puede exigir días de trabajo. Otras veces hay que recurrir a soluciones artesanales para recuperar elementos que dejaron de fabricarse hace muchas décadas.

 

Pero Raimundo habla de todo ello con la naturalidad de quien disfruta profundamente con lo que hace.

 

Su testimonio fue, sin duda, uno de los más interesantes de la jornada, porque permitió comprender que la conservación de los vehículos históricos no consiste únicamente en mantener funcionando motores antiguos.

 

 

Consiste también en preservar una parte de la historia tecnológica, social y humana del siglo XX.

 

Gracias a personas como él, los jóvenes pueden contemplar cómo eran los automóviles de sus bisabuelos y descubrir que aquellas máquinas, carentes de la electrónica y las comodidades actuales, fueron capaces de recorrer miles de kilómetros por carreteras mucho más difíciles que las de nuestros días.

 

 

Cada automóvil guarda una vida y cada matrícula esconde una historia

 

La concentración de Santa Croya permitió reflexionar sobre algo que frecuentemente pasa inadvertido cuando contemplamos un coche antiguo.Los vehículos no son únicamente máquinas fabricadas en una determinada época. Durante muchos años han formado parte de la intimidad de las familias.Han sido testigos silenciosos de acontecimientos felices y dolorosos.

 

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En sus asientos viajaron novios camino de su boda, matrimonios jóvenes con sus primeros hijos, emigrantes que abandonaban sus pueblos buscando mejores oportunidades y familias que regresaban durante el verano a la casa de sus padres.

 

Algunos automóviles recorrieron miles de kilómetros transportando trabajadores. Otros sirvieron para acudir al médico, visitar a familiares o realizar viajes que quedaron grabados para siempre en la memoria de sus ocupantes.

 

También fueron protagonistas de las primeras excursiones, de los viajes de novios y de aquellas vacaciones familiares en las que llegar al destino constituía casi una aventura.

 

Por eso, cuando un coleccionista restaura un automóvil, no solamente recupera una carrocería, un motor o unos asientos.

 

De alguna manera, está devolviendo al presente una pequeña parte de las vidas que transcurrieron dentro de aquel vehículo.

 

Y quizá sea precisamente esa dimensión humana la que explica el creciente interés que despiertan las concentraciones de coches antiguos.

 

Porque detrás de los cromados relucientes y las pinturas cuidadosamente recuperadas existen recuerdos, emociones y experiencias que pertenecen a generaciones enteras.

 

 

Una paella para compartir mucho más que una afición

 

Después del recorrido por los pueblos de la comarca, la jornada tuvo su continuación en un ambiente de convivencia y confraternización.

 

Los propietarios de los vehículos y sus acompañantes pudieron disfrutar de una excelente paella preparada para la ocasión, convirtiendo la comida en otro de los momentos destacados de la concentración.

 

Alrededor de la mesa, las conversaciones giraron inevitablemente en torno a los automóviles.

 

Las restauraciones más complicadas, las dificultades para localizar determinadas piezas, las averías inesperadas o las satisfacciones que proporciona conseguir que un coche antiguo supere una larga ruta fueron algunos de los asuntos que seguramente ocuparon buena parte de las tertulias.

 

Pero estos encuentros tienen también un importante componente humano.

 

Muchos participantes mantienen relaciones de amistad nacidas precisamente en concentraciones similares. Se encuentran periódicamente en diferentes localidades, comparten conocimientos y experiencias y se ayudan mutuamente cuando aparece algún problema mecánico.

 

La afición por los automóviles clásicos termina convirtiéndose así en una forma de relación social que supera las diferencias de edad, procedencia o profesión.

 

En Santa Croya, esa convivencia encontró un escenario especialmente acogedor.

 

La Comisión de Fiestas consiguió reunir a decenas de aficionados en torno a una actividad que, además de resultar atractiva para los participantes, ofreció a los vecinos de la comarca un espectáculo diferente y lleno de recuerdos.

 

 

Las concentraciones de coches clásicos también dan vida a nuestros pueblos

 

La celebración de este encuentro pone de manifiesto la importancia que tienen las iniciativas culturales, festivas y recreativas para mantener la actividad social de los pequeños municipios.

 

Durante los meses de primavera y verano, los pueblos del Valle del Tera recuperan buena parte de su vitalidad gracias a las fiestas patronales, conciertos, actividades deportivas, encuentros culturales y celebraciones populares.

 

Son acontecimientos que rompen la rutina, favorecen el regreso de quienes viven fuera y permiten que vecinos de distintas localidades compartan experiencias.

 

También generan movimiento económico y ofrecen oportunidades a los establecimientos hosteleros y a los pequeños negocios de la zona.

 

Pero, sobre todo, contribuyen a fortalecer algo que resulta imprescindible en el medio rural: el sentimiento de pertenencia a una comunidad.

En comarcas que sufren desde hace décadas las consecuencias de la despoblación y el envejecimiento, cualquier iniciativa capaz de reunir a decenas o centenares de personas representa una noticia positiva.

La concentración de Santa Croya constituye un buen ejemplo.

Durante unas horas, Las Eras se transformaron en un auténtico museo del automóvil al aire libre. Las calles recuperaron una animación poco habitual en estas fechas y varios pueblos de la ribera pudieron disfrutar de un desfile que combinó entretenimiento, cultura y memoria histórica.

Y todo ello gracias al esfuerzo organizativo de una Comisión de Fiestas que supo encontrar en los vehículos clásicos un motivo para prolongar la actividad festiva hasta bien entrado el otoño.

Porque mantener vivos nuestros pueblos no consiste únicamente en conservar sus edificios, sus monumentos o sus tradiciones.

También significa promover actividades que favorezcan el encuentro entre generaciones, despierten la curiosidad de los más jóvenes y permitan que los mayores compartan sus recuerdos.

 

 

El otoño despide las fiestas, pero no los recuerdos

La concentración de Santa Croya llega cuando el calendario comienza a anunciar el final de una larga temporada de actividades populares en los pueblos de la comarca.

Atrás quedan los días luminosos de finales de primavera, las noches de verano llenas de música, las verbenas, las reuniones familiares y tantas celebraciones que durante meses han alterado agradablemente la tranquilidad de nuestras localidades.

El otoño trae consigo jornadas más cortas, temperaturas progresivamente más bajas y el regreso a esa vida sosegada que caracteriza a los pueblos ribereños.

Sin embargo, todavía quedan oportunidades para reunirse y disfrutar de acontecimientos como el celebrado este domingo.

Los 73 vehículos que acudieron a Santa Croya terminaron regresando a sus lugares de procedencia. Sus propietarios volvieron a guardar aquellas máquinas cuidadosamente restauradas en los garajes donde esperan su próxima salida.

Los motores se apagaron, los claxon dejaron de sonar y Las Eras recuperaron poco a poco su aspecto habitual.

Pero durante unas horas, Santa Croya de Tera tuvo el privilegio de contemplar reunidas varias generaciones de automóviles que forman parte de la historia de nuestro país.

Desde aquel Peugeot 301 de los años treinta, restaurado con paciencia por Raimundo, hasta los modelos más recientes de la década de los noventa, todos contribuyeron a reconstruir un recorrido por la evolución del automóvil y, de alguna manera, por nuestra propia historia.

Porque los coches antiguos poseen algo que no puede medirse en caballos de potencia, kilómetros recorridos ni valor económico.

 

 

Poseen la extraordinaria capacidad de hacernos viajar hacia el pasado sin abandonar el presente.

 

Y quizá esa sea la mejor enseñanza que nos deja esta concentración: que conservar un automóvil histórico no significa aferrarse a tiempos desaparecidos, sino impedir que se pierdan para siempre los testimonios materiales de una época que también forma parte de nuestras vidas.

 

Santa Croya cerró así una jornada de convivencia, recuerdos y admiración por aquellas máquinas que un día representaron el futuro y que hoy se han convertido en auténticos tesoros del pasado.

 

Porque hay motores que, aunque tengan casi cien años, todavía son capaces de arrancar emociones. Y este domingo, en Santa Croya de Tera, fueron 73 los vehículos que volvieron a poner en marcha la memoria de varias generaciones.

 

 

 

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