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Teatro

Santa Marta de Tera revive su memoria y Juana de Castilla emociona a doscientas personas entre piedras cargadas de historia

Redacción Miércoles, 26 de Agosto de 2026 Tiempo de lectura:

Ana María Esteban emociona a cerca de 200 espectadores con su monólogo Reina Juana, en una jornada cultural que comenzó con la presentación del libro 50 lugares mágicos de Zamora y convirtió de nuevo al monasterio románico en un espacio vivo para la cultura, la memoria y la historia

 

Hay lugares en los que la historia no necesita ser explicada porque parece permanecer adherida a sus piedras. Espacios donde el paso de los siglos no ha conseguido borrar completamente las voces de quienes los habitaron, recorrieron o contemplaron. El Monasterio de Santa Marta de Tera es uno de ellos.

 

Y en la tarde del sábado 22 de agosto, cuando el verano comenzaba lentamente a despedirse de la comarca de Los Valles, literatura, historia, teatro y patrimonio volvieron a encontrarse ante los muros milenarios de uno de los monumentos románicos más singulares de la provincia de Zamora.

 

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La Asociación de Amigos del Monasterio de Santa Marta de Tera mantiene desde hace años una cita cultural coincidiendo con los últimos días de agosto. No se trata solamente de organizar una actividad. La intención es mucho más ambiciosa: conseguir que el patrimonio continúe vivo, que el monasterio siga siendo lugar de encuentro y que la cultura encuentre en el medio rural escenarios capaces de emocionar tanto como cualquier gran teatro o auditorio.

 

 

Este año la protagonista indiscutible fue la reina Juana de Castilla.

 

Ana María Esteban asumió el difícil reto de devolverle la voz a través del monólogo Reina Juana, según una adaptación de Ernesto Caballero. Y durante más de una hora consiguió que aquella mujer que durante siglos ha permanecido encerrada bajo el calificativo de “la Loca” abandonara simbólicamente su reclusión de Tordesillas para hablar ante casi doscientas personas reunidas en Santa Marta de Tera.

 

Pero antes de que Juana comenzara a desgranar sus recuerdos, la tarde tuvo una primera parada en la literatura y en los misterios que todavía acompañan a muchos rincones de la provincia.

 

Cincuenta lugares para descubrir otra Zamora

Eduardo Cabrero y Alberto Hernández fueron los encargados de abrir la jornada con la presentación de su libro 50 lugares mágicos de Zamora.

 

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Su intervención se convirtió en un viaje por una provincia que guarda historias, leyendas, paisajes y lugares donde realidad y misterio parecen caminar juntos.

 

El Viso, Arrabalde, Otero de Bodas y otros muchos rincones zamoranos fueron apareciendo en una exposición amena, cercana y divertida en la que los autores demostraron que Zamora continúa siendo un territorio extraordinario para quien tenga curiosidad por descubrirlo.

 

Y, naturalmente, entre esos lugares no podía faltar Santa Marta de Tera.

 

El monasterio románico y su extraordinario Fenómeno de la Luz Equinoccial forman parte de esa geografía especial en la que patrimonio, simbolismo, arquitectura y naturaleza parecen ponerse de acuerdo durante unos minutos.

 

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Dos veces al año la luz del sol penetra en el templo siguiendo una trayectoria que sorprende a quienes tienen la oportunidad de contemplarla. Es uno de esos acontecimientos capaces de recordar que los edificios medievales no fueron concebidos únicamente con piedra y mortero: también fueron pensados mediante la orientación, la luz, los símbolos y una determinada manera de comprender el mundo.

 

Cabrero y Hernández supieron trasladar al público esa fascinación por los rincones menos conocidos de Zamora.

 

La mejor demostración del interés despertado llegó al finalizar la presentación. Los ejemplares comenzaron a pasar de mano en mano para ser firmados por sus autores hasta agotarse las existencias disponibles.

 

Era un magnífico comienzo. Pero todavía quedaba por escuchar la voz de una reina.

 

 

 

 

Cuando el sol iluminó las piedras apareció Juana

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La tarde avanzaba y el sol comenzaba a iluminar la fachada occidental del monasterio.

 

El escenario difícilmente podía haber resultado más sugerente.

 

Delante de unas piedras que acumulan siglos de historia apareció Ana María Esteban convertida en Juana de Castilla.

 

No hizo falta demasiado para que desapareciera la actriz y comenzara a existir el personaje.

 

Juana empezó dirigiéndose a su confesor. Le recordó que aquello que estaba a punto de contar debería permanecer protegido por el secreto de confesión, aunque sabía que sus palabras terminarían llegando hasta su nieto, Felipe II.

 

A partir de ese instante comenzó un largo viaje por su memoria. Una memoria dolorosa. Una memoria llena de afectos, traiciones, pasiones, ausencias y reproches.

 

La reina regresó a su infancia, a la presencia poderosa de su madre y a los recuerdos familiares. Apareció también la figura de su abuela, recluida en Arévalo y afectada por episodios que entonces resultaban difíciles de comprender.

 

Y después llegó Felipe.  Felipe el Hermoso. El hombre al que Juana amó apasionadamente y que al mismo tiempo se convirtió en una de las principales fuentes de su sufrimiento.

 

 

 

Amor, celos y soledad en Flandes

 

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La interpretación de Ana María Esteban fue recorriendo la vida de Juana sin convertirla únicamente en víctima.

 

La mujer que aparecía ante los espectadores amaba, reprochaba, sufría, recordaba y, en ocasiones, parecía incluso intentar comprender a quienes terminaron apartándola del poder y de su propia familia.

 

Su matrimonio con Felipe fue evocado desde la pasión inicial hasta las dolorosas infidelidades que sufrió durante su estancia en Flandes.

 

El amor convivía con los celos.

 

La pasión, con la humillación.

 

Y sobre todo comenzaba a aparecer una palabra que terminaría acompañando a Juana durante prácticamente toda su existencia: soledad.

 

Porque detrás de los grandes acontecimientos políticos de comienzos del siglo XVI había también una mujer atrapada entre intereses dinásticos.

 

Su padre, Fernando el Católico, y su marido, Felipe el Hermoso, lucharon por controlar Castilla.

 

En medio de ambos estaba ella.

 

Juana era la heredera legítima de Isabel la Católica, pero su supuesta incapacidad mental terminó convirtiéndose en el argumento perfecto para apartarla progresivamente del ejercicio efectivo del poder.

 

El monólogo fue creciendo precisamente alrededor de esa contradicción.

 

¿Dónde terminaba la enfermedad y dónde comenzaba el interés político?

 

¿Hasta qué punto aquella mujer fue realmente incapaz y hasta qué punto resultaba incómoda para los hombres que aspiraban a gobernar en su nombre?

 

Las preguntas permanecían flotando ante el público mientras Ana María Esteban continuaba recorriendo la vida de la reina.

 

 

Una madre olvidada en Tordesillas

 

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Después llegó el encierro.

 

Tordesillas.

 

Décadas de reclusión.

 

La reina que podía haber gobernado Castilla terminó contemplando cómo el mundo avanzaba mientras ella permanecía apartada.

 

Por el relato fueron apareciendo también sus hijos. Y con ellos otro de los grandes dolores de Juana: sentirse olvidada precisamente por quienes más quería.

 

El reproche, sin embargo, nunca conseguía borrar completamente el amor.

 

Ahí residió buena parte de la fuerza emocional de la representación.

 

Juana podía acusar a quienes la abandonaron y, unos segundos después, recordarles desde el cariño.

 

Podía mostrar rabia contra Felipe y seguir confesando su amor por él.

 

Podía sentirse traicionada por su padre y continuar siendo hija.

 

Podía reprochar el abandono de sus descendientes y seguir siendo madre.

 

Ana María Esteban construyó así una reina profundamente humana.

 

No una figura encerrada en los manuales de historia.

 

No simplemente “Juana la Loca”.

 

Sino una mujer.

 

 

Santa Marta también forma parte de aquella historia

 

 

 

 

Y mientras Juana hablaba, el monasterio parecía convertirse en un personaje silencioso de la representación.

Porque Santa Marta de Tera no es un escenario completamente ajeno a aquellos acontecimientos.

 

Por estas tierras pasó Fernando el Católico en uno de los momentos más delicados de la lucha por el control de Castilla. El monarca se dirigía hacia Remesal, donde mantendría un encuentro con su yerno Felipe.

 

Aquellas negociaciones desembocarían poco después en la Concordia de Villafáfila de 1506, pieza fundamental dentro de la crisis sucesoria castellana. Fernando renunciaba al gobierno efectivo de Castilla en favor de Felipe, mientras Juana quedaba políticamente relegada alegándose su incapacidad para gobernar.

 

Por eso escuchar la historia de Juana junto al Monasterio de Santa Marta de Tera tenía un significado especial.

Cinco siglos después, aquellos nombres regresaban al territorio.

 

Fernando.

Felipe.

Juana.

Castilla.

Tordesillas.

Villafáfila.

 

 

La historia que habitualmente permanece encerrada en documentos y libros recuperaba voz delante de unas piedras que pertenecen a aquel mismo mundo.

 

 

Casi doscientas personas y un largo aplauso

 

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Durante más de una hora el público permaneció atento al relato.

 

Casi doscientas personas se habían congregado ante la puerta norte del monasterio para asistir a una representación que poco a poco fue dejando de parecer teatro para transformarse en una confesión íntima.

 

Y cuando llegaron las últimas palabras hubo unos instantes en los que pareció permanecer todavía la presencia de Juana.

 

Después llegó el aplauso.

 

Un aplauso largo y emocionado que reconocía el enorme trabajo interpretativo de Ana María Esteban.

 

Era también la demostración de que la historia, cuando se cuenta desde las emociones humanas, continúa teniendo una extraordinaria capacidad para conmover.

 

Aquella tarde del 22 de agosto quedará incorporada a la memoria cultural de Santa Marta de Tera.

 

Una nueva página escrita, paradójicamente, sin tinta.

 

Escrita con palabras, interpretación, luz, piedra y aplausos.

 

 

Una asociación que mantiene vivo el monasterio

 

Detrás de una jornada de estas características existe siempre un trabajo que el espectador pocas veces llega a contemplar.

 

El éxito de la representación no habría sido posible sin las doce firmas comerciales que decidieron patrocinar el evento y sin la colaboración de los más de cincuenta socios que integran la Asociación de Amigos del Monasterio de Santa Marta de Tera.

 

Cada uno desde sus posibilidades, colaborando en diferentes tareas, hace posible que año tras año continúe desarrollándose una programación que trasciende la mera conservación monumental.

 

Porque proteger un monumento no significa solamente restaurar sus piedras.

 

También significa darle vida.

 

Significa conseguir que la gente vuelva a reunirse alrededor de él.

 

Que los niños sepan que existe.

 

Que los mayores regresen.

 

Que los peregrinos se detengan.

 

Que los visitantes descubran que detrás de una portada románica existe una historia.

 

Y que música, literatura, teatro e investigación histórica encuentren acomodo junto a esos muros.

 

Ese es precisamente uno de los grandes objetivos de la Asociación.

 

 

Cultura para dinamizar Los Valles

 

La apuesta adquiere todavía mayor importancia cuando se desarrolla en el medio rural.

 

En una comarca que, como tantas otras, conoce las consecuencias de la despoblación y del envejecimiento, organizar actividades culturales significa también crear espacios de convivencia.

 

Durante unas horas llegan visitantes, se encuentran vecinos de distintos pueblos, se llenan las terrazas, se conversa, se compran libros y se descubre el patrimonio.

 

La cultura se convierte así en una forma de dinamización social.

 

Y Santa Marta de Tera posee además un elemento extraordinario: su vinculación con el Camino Sanabrés.

 

Por delante de su Santiago Peregrino continúan pasando caminantes que avanzan hacia Compostela. Personas procedentes de numerosos lugares encuentran aquí un patrimonio cuya relevancia muchas veces desconocían antes de comenzar su viaje.

 

La actividad de la Asociación contribuye también a que ese peregrino no pase simplemente por Santa Marta, sino que se detenga, mire y recuerde.

 

 

Las piedras volvieron a escuchar la historia

 

Cuando terminó la jornada y los espectadores comenzaron lentamente a abandonar el entorno del monasterio quedó de nuevo el silencio.

 

El mismo silencio que estas piedras conocen desde hace siglos.

 

Pero algo había cambiado.

 

Durante unas horas el monasterio había vuelto a convertirse en lugar de encuentro.

 

Primero fueron Eduardo Cabrero y Alberto Hernández quienes invitaron a recorrer los rincones mágicos de Zamora.

 

Después llegó Ana María Esteban.

 

Y con ella llegó Juana.

 

La reina volvió a hablar de su madre, de Felipe, de Fernando, de sus hijos, de sus amores, de sus humillaciones y de su interminable soledad.

 

Quizá esa sea una de las funciones más hermosas del patrimonio: permitir que el presente dialogue con quienes vivieron antes que nosotros.

 

Santa Marta de Tera volvió a demostrarlo.

 

No fue solamente una representación teatral.

 

No fue únicamente la presentación de un libro.

 

Fue una tarde en la que literatura, historia y patrimonio caminaron juntos y en la que cerca de doscientas personas demostraron que también desde nuestros pueblos puede construirse una programación cultural de enorme calidad.

 

Las luces terminaron apagándose.

 

Los espectadores regresaron a sus casas.

 

Juana volvió simbólicamente a Tordesillas.

 

Pero el monasterio permaneció allí.

 

Como siempre.

 

Guardando silenciosamente otra historia entre sus piedras.

 

Y desde la Asociación de Amigos del Monasterio podrán decir que aquel sábado 22 de agosto consiguieron una vez más aquello que llevan años intentando: que Santa Marta de Tera no sea solamente un extraordinario monumento que contemplar, sino un lugar vivo donde la cultura, la memoria y las personas continúen encontrándose.

 

 

 

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