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Patrimonio recuperado

“La Niña “ de los ojos verdes vuelve a mirar al Tera de la mano de Óscar y Carlos, sus autores originales

Redacción Martes, 25 de Agosto de 2026 Tiempo de lectura:

Carlos Martínez y Óscar Pérez recuperan el emblemático mural de La Barca de Camarzana después de 17 años sin pintar juntos y gracias al respaldo de los vecinos y del Ayuntamiento

 

Hay imágenes que, con el paso de los años, dejan de pertenecer únicamente a quienes las crearon. Se integran en el paisaje, se incorporan a la memoria colectiva y terminan formando parte de la historia sentimental de todo un pueblo. Eso es precisamente lo que ha sucedido en Camarzana de Tera con el mural de La Niña, que vuelve a brillar con toda su intensidad en una de las pilastras del puente, junto al área recreativa de La Barca.

 

Sus grandes ojos verdes, sus pecas y su rostro sonriente vuelven a recibir a quienes se acercan hasta uno de los lugares más queridos de la localidad. Después de varios meses de incertidumbre, indignación y esperanza, La Niña ha regresado. Y lo ha hecho gracias al trabajo de sus autores originales, Carlos Martínez y Óscar Pérez, pero también a la voluntad de un pueblo que se negó a perder uno de los símbolos más entrañables de sus veranos.

 

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La restauración ha representado, además, un reencuentro muy especial para sus creadores. Carlos y Óscar llevaban 17 años sin pintar juntos un mural y sus trayectorias profesionales habían tomado caminos completamente diferentes. Uno es actualmente profesor y el otro, ingeniero de Caminos. Volver a situarse frente a una pared, con los botes de pintura y los aerosoles en las manos, ha supuesto para ambos un regreso a una etapa anterior de sus vidas.

 

«La restauración ha supuesto todo un reto para nosotros. Llevábamos 17 años sin pintar un mural y nuestras vidas profesionales han tomado caminos muy distintos —hoy somos profesor e ingeniero de Caminos—, así que volver a enfrentarnos juntos a una pared después de tanto tiempo ha sido una experiencia muy especial», reconocen sus autores.

 

 

Una desaparición que causó sorpresa e indignación

 

La historia de esta restauración comenzó con un episodio desafortunado. Durante unos trabajos realizados en el puente, el mural quedó oculto bajo una capa de pintura. Una intervención que no tuvo en cuenta el valor artístico y, sobre todo, emocional de una obra que llevaba años acompañando la vida cotidiana de Camarzana.

 

Cuando en el mes de febrero se descubrió lo ocurrido, la sorpresa se transformó rápidamente en rechazo. La noticia corrió entre vecinos, familias y visitantes habituales de La Barca. Muchos no podían comprender cómo aquella imagen tan reconocible había desaparecido de repente bajo una superficie uniforme de pintura.

 

No se había tapado solamente un dibujo. Se había ocultado una parte de la memoria de Camarzana.

 

Durante generaciones, niños y jóvenes habían contemplado aquella cara de ojos verdes mientras jugaban bajo el puente, descansaban junto al río o se preparaban para zambullirse en las aguas del Tera. La Niña estaba presente en las tardes de verano, en las reuniones de amigos, en los primeros baños de la temporada y en esos días interminables de vacaciones que permanecen para siempre en el recuerdo.

 

Por eso su desaparición fue sentida casi como una pérdida personal. Quienes habían crecido bajo su mirada no estaban dispuestos a aceptar que la obra desapareciese definitivamente.

 

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La movilización de todo un pueblo

 

Las redes sociales se convirtieron desde el primer momento en el principal espacio de expresión de ese malestar. Se sucedieron las críticas, las fotografías antiguas, los recuerdos y, especialmente, las peticiones para que el mural fuese recuperado.

Personas de distintas edades coincidieron en una misma reivindicación: La Niña tenía que volver.

 

Aquella reacción puso de manifiesto hasta qué punto la obra había superado su condición inicial de creación artística para convertirse en un patrimonio sentimental compartido. Cada vecino guardaba una imagen diferente del mural. Para unos estaba asociado a la infancia; para otros, a los años de juventud; y para muchos representaba simplemente la llegada del verano y el regreso a Camarzana.

 

El Ayuntamiento recogió ese deseo colectivo y asumió el compromiso de impulsar la recuperación. A partir de ese momento comenzó un proceso que exigía prudencia, paciencia y la participación de quienes mejor conocían la obra: sus propios autores.

 

Carlos Martínez y Óscar Pérez aceptaron el reto de devolverle la vida. No se trataba únicamente de volver a pintar su rostro, sino de retirar cuidadosamente la capa que lo cubría, comprobar el estado del mural original y reparar los daños causados tanto por el paso del tiempo como por la actuación realizada sobre la pilastra.

 

 

Una imagen que se negó a desaparecer

 

Antes incluso de que comenzasen los trabajos definitivos, La Niña volvió a aparecer simbólicamente en la vida pública de Camarzana. Su rostro fue reproducido en bandoleras y ocupó la portada del programa de las fiestas de la localidad.

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Aquellas iniciativas marcaron un importante punto de inflexión. La imagen que había sido ocultada regresaba ahora con mayor fuerza, convertida en emblema de una reivindicación popular y en símbolo del vínculo de Camarzana con sus recuerdos.

 

Cada bandolera y cada programa de fiestas transmitían un mensaje sencillo pero firme: La Niña seguía viva en la memoria del pueblo y su ausencia no iba a ser definitiva.

 

El mural se convirtió así en mucho más que una pintura. Pasó a representar la necesidad de cuidar aquellas obras que, sin encontrarse necesariamente en museos o grandes espacios culturales, poseen un enorme valor para las comunidades que conviven con ellas.

 

Una recuperación delicada, centímetro a centímetro

 

La restauración comenzó con la retirada de la capa de pintura que había cubierto el mural. Era una fase especialmente delicada, porque cualquier movimiento demasiado agresivo podía eliminar también los restos de la obra original o llegar hasta la piedra de la pilastra.

 

«El proceso comenzó retirando cuidadosamente la capa de pintura con la que se había cubierto el mural. Lo hicimos con rodillo, agua y espátula, trabajando poco a poco para intentar conservar la pintura original que todavía permanecía debajo y evitar llegar hasta la piedra de la pilastra», explican Carlos y Óscar.

 

Cada fragmento recuperado permitía reencontrarse con la obra anterior y comprobar qué partes podían conservarse y cuáles necesitaban ser reconstruidas. No era posible precipitarse. Había que avanzar despacio, protegiendo la pintura que todavía sobrevivía debajo de aquella capa.

 

Una vez recuperada la superficie, los autores tuvieron que encajar nuevamente la imagen y comenzar el repintado. Fue necesario reconstruir los volúmenes del rostro, recuperar los tonos y devolver profundidad a la mirada.

 

«Una vez recuperada la superficie, encajamos de nuevo la imagen y comenzamos todo el proceso de repintado, trabajando los volúmenes, los tonos y, finalmente, los pequeños detalles que devuelven a La Niña su expresión y su mirada».

 

Así, centímetro a centímetro, fueron reapareciendo los rasgos de aquel rostro conocido. Primero los contornos generales; después, las luces y las sombras; y finalmente, las pecas, los matices de la piel y la intensidad de sus ojos verdes.

 

 

Volver a dominar el spray después de 17 años

 

La recuperación no planteaba solamente un desafío emocional. También suponía un importante reto técnico. Carlos Martínez y Óscar Pérez llevaban casi dos décadas sin enfrentarse juntos a un mural y tuvieron que recuperar la precisión necesaria para trabajar con pintura en aerosol.

 

Pintar con spray exige controlar la distancia respecto a la pared, la inclinación del bote, la velocidad del movimiento y la presión ejercida sobre la boquilla. Cualquier pequeña variación puede modificar la anchura del trazo, la cantidad de pintura o la intensidad del color.

 

«Trabajar con spray requiere una técnica muy precisa. La dificultad está especialmente en conseguir buenos degradados entre tonos y trazos muy finos para los detalles. Hay que controlar perfectamente la presión que ejerces con el dedo sobre la boquilla y, después de tantos años sin pintar, recuperar esa sensibilidad ha formado parte del propio reto», señalan.

 

La dificultad aumentaba al tratarse de un rostro, porque su expresividad depende de detalles mínimos. Una sombra, un reflejo en los ojos, la forma de una ceja o una pequeña modificación en los labios pueden transformar por completo una mirada.

 

Los autores tuvieron que recuperar esa antigua complicidad que les permitía trabajar juntos y reconstruir una imagen creada muchos años atrás. La experiencia acumulada, la memoria artística y el vínculo personal con la obra hicieron posible que sus manos recuperasen poco a poco la seguridad necesaria.

 

 

La mirada de los vecinos

 

Durante esta última semana, Carlos y Óscar se han entregado a la restauración armados con decenas de botes de pintura. Mientras trabajaban, numerosas personas se detenían para observarlos. Algunas apuraban los últimos rayos del sol veraniego junto al río; otras se acercaban expresamente para comprobar cómo avanzaba la recuperación.

 

Ante sus ojos, el rostro de La Niña iba reapareciendo poco a poco. Pero mientras los artistas recuperaban los colores del mural, quienes contemplaban el proceso reconstruían también sus propios recuerdos.

 

Volvían las voces de los niños, las risas bajo el puente, las carreras hacia el agua y las conversaciones de aquellos jóvenes que hicieron de La Barca uno de sus principales lugares de encuentro.

 

Las muestras de afecto han sido constantes durante los días de trabajo. Amigos, vecinos y personas que regresan cada verano al Tera se han acercado para saludar a los autores, agradecerles su esfuerzo y compartir con ellos alguna historia vinculada al mural.

 

«Ha sido un proyecto muy especial para nosotros. Devolver al valle y al pueblo una imagen que lleva tantos años formando parte de este lugar nos ha hecho muchísima ilusión», reconocen.

 

El contacto con los vecinos permitió a Carlos y Óscar descubrir todavía con mayor claridad la dimensión que había alcanzado su obra.

 

«Durante estos días hemos recibido continuamente muestras de cariño de amigos, vecinos y de muchas personas que vuelven cada verano al río y que tienen recuerdos asociados a este mural. Eso nos ha hecho comprender todavía más lo que significa para Camarzana».

 

 

Un mural unido a los veranos de Camarzana

 

El área recreativa de La Barca no es un lugar cualquiera para los vecinos de Camarzana. El río Tera ha sido durante décadas escenario de convivencia, descanso y diversión. Sus aguas han acompañado el crecimiento de varias generaciones y el entorno del puente ha formado parte de innumerables historias familiares y personales.

 

Allí se aprendía a nadar, se compartían meriendas, se organizaban pandillas y se pasaban las largas tardes estivales. Allí nacieron también amistades y amores, algunos pasajeros y otros capaces de prolongarse durante toda una vida. En medio de ese escenario estaba La Niña.

 

Desde su pilastra contemplaba silenciosamente cuanto ocurría a su alrededor. Su presencia terminó convirtiéndose en algo tan natural como el rumor del agua, la sombra del puente o la llegada de los bañistas. Quizá por eso solamente se comprendió plenamente su importancia cuando dejó de verse.

 

Su ausencia produjo un vacío inesperado. Quienes bajaban hasta La Barca buscaban instintivamente aquellos ojos verdes y descubrían en su lugar una superficie pintada. Faltaba algo esencial en el paisaje. Ahora todo vuelve a estar en su sitio.

 

 

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Una obra que ya pertenece al pueblo

 

Para Carlos Martínez y Óscar Pérez, la experiencia ha servido también para comprender que La Niña dejó hace mucho tiempo de ser únicamente una obra firmada por dos autores. El paso de los años y la relación construida con los vecinos la han convertido en una parte del paisaje humano y emocional de Camarzana.

 

«La Niña vuelve a pertenecer al Tera. Ahí es donde tiene que estar. Ya no es solamente una obra que pintamos Óscar y yo hace años; es parte del pueblo y también de todas las personas que pasan a su lado, levantan la mirada y se detienen unos segundos ante sus ojos», expresa Carlos Martínez.

 

En esas palabras se resume el verdadero significado de la restauración. Se ha recuperado una obra pictórica, pero también se ha reparado un vínculo colectivo. La Niña vuelve a ocupar el lugar para el que fue creada, junto al río y ante la mirada de quienes disfrutan de La Barca.

 

El valor del mural no puede medirse únicamente por sus dimensiones, por la técnica empleada o por el lugar en el que fue pintado. Su verdadero valor reside en la cantidad de recuerdos que ha sido capaz de reunir a su alrededor.

 

Cada persona contempla el mismo rostro, pero detrás de él aparecen historias diferentes: una tarde de baño, una pandilla de amigos, una conversación bajo el puente, una fiesta, un regreso al pueblo o quizá un amor de verano que nunca llegó a olvidarse.

 

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El agradecimiento al Ayuntamiento y al alcalde

 

Los autores han querido agradecer expresamente el respaldo recibido durante todo el proceso. La recuperación no habría sido posible sin el compromiso asumido por el Ayuntamiento de Camarzana, que recogió la demanda vecinal e impulsó la restauración.

 

Carlos y Óscar han destacado especialmente la colaboración del alcalde, Jaime, quien se mantuvo pendiente de la evolución de los trabajos y atendió las necesidades que fueron surgiendo.

 

«Gracias a todos por el cariño que hemos recibido. Ha sido un verdadero placer devolverle la mirada al Tera. Y especialmente queremos agradecer al Ayuntamiento de Camarzana su apoyo para hacer posible la restauración y a Jaime, su alcalde, que ha estado pendiente durante todo el proceso y nos ha ayudado en todo lo que hemos necesitado para poder hacerlo realidad», manifiestan.

 

La colaboración entre los artistas, el Ayuntamiento y los vecinos ha permitido transformar un episodio inicialmente doloroso en una historia de compromiso, recuperación y orgullo colectivo.

 

 

El triunfo de la memoria compartida

 

La restauración de La Niña constituye un ejemplo de lo que puede conseguir una comunidad cuando se moviliza para defender aquello que considera suyo. Las críticas y peticiones vecinales no cayeron en el olvido. Fueron escuchadas y terminaron haciendo posible el regreso de los autores originales a la obra.

 

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El resultado demuestra que el patrimonio de un pueblo no está formado solamente por sus grandes monumentos, sus yacimientos arqueológicos o sus edificios históricos. También lo integran las obras contemporáneas, los espacios de convivencia y aquellas imágenes que se incorporan a la vida de sus habitantes.

 

La Niña forma ya parte del patrimonio sentimental de Camarzana. Representa una forma de entender el río, los veranos y la convivencia. Es una presencia familiar que une a quienes permanecen durante todo el año con quienes regresan en vacaciones buscando los escenarios de su infancia.

 

 

La Niña vuelve a sonreír

 

Por fin, La Niña vuelve a mirar al Tera. Sus ojos verdes y sus pecas han recuperado la expresividad que durante tantos años fascinó a vecinos y visitantes. Su rostro vuelve a recibir a quienes se acercan hasta La Barca y a recordarles que algunos símbolos pueden ser dañados u ocultados, pero no desaparecen mientras continúen vivos en la memoria de la gente.

 

Desde su lugar en la pilastra del puente volverá a contemplar los baños del verano, las reuniones de amigos, los paseos junto al río y los juegos de los más pequeños. Verá crecer a nuevas generaciones, del mismo modo que acompañó a quienes hoy regresan con sus hijos o sus nietos.

 

También continuará guardando confidencias, promesas y algún que otro secreto amoroso pronunciado cerca del agua. Porque el mural no es solamente una imagen inmóvil. Es un testigo silencioso de la vida de Camarzana.

 

La restauración realizada por Carlos Martínez y Óscar Pérez devuelve al pueblo una obra artística, pero, sobre todo, le devuelve una parte de su memoria. El esfuerzo de sus autores, el compromiso del Ayuntamiento, la atención del alcalde y la movilización vecinal han conseguido que La Niña renazca con mayor fuerza que nunca.

 

Ahora corresponde a todos protegerla y permanecer atentos para que ninguna intervención desafortunada vuelva a borrar su mirada ni a ocultar su sonrisa.

 

La Niña está de nuevo en La Barca. Mira hacia el Tera, contempla el paso del agua y parece dispuesta a seguir acompañando durante muchas generaciones los veranos, las ilusiones y los recuerdos de Camarzana.

 

 

 

 

 

 

 

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