Celita nació en la localidad leonesa de Luyego de Somoza, deja seis hijos , diez nietos y cinco biznietos, una familia que hoy, 9 de julio, recuerda con especial emoción que esta fecha hubiera sido su 98 cumpleaños. Un día que siempre celebraron y que este año se ha convertido en un homenaje íntimo, lleno de cariño y memoria.
Esposa del también farmacéutico Joviniano García Guerrero, ya fallecido, ambos compartieron profesión y vocación. Juntos gestionaron durante años la farmacia de la Plaza de Santa María, donde Celita atendió, escuchó, aconsejó y acompañó a generaciones de benaventanos. Su figura, siempre serena y cercana, se convirtió en parte de la identidad de la ciudad.
Su trayectoria profesional comenzó en San Emiliano en la comarca de Babia, en León, después Benavente y Manganeses de la Polvorosa, donde ejerció desde 1962 hasta 1994. Después se trasladó a Gijón, donde fue titular de una farmacia hasta 1998. Desde entonces, su vida profesional quedó ligada definitivamente a Benavente, siendo titular de la farmacia desde 2006.
En 2017, tras más de 50 años como autónoma, recibió el reconocimiento de la Federación Nacional de Trabajadores Autónomos, un homenaje a su constancia, su dedicación y su ejemplo. A sus 89 años, Celita seguía al frente de su farmacia, demostrando que su profesión era también una forma de estar en el mundo.
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El cariño de quienes la conocieron
Entre los muchos testimonios que han querido recordar su figura, destaca el de su amiga Cristina Viforcos, que ha querido expresar públicamente lo que significó para ella:
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“Llegó a Benavente en los años en que no solamente los universitarios eran ¡Don!, también lo eran sus esposas por derecho de consorte. Ella vino con su titulación de farmacia al igual que su esposo Jovi. En todos estos años ha logrado tener un título superior a Doña Araceli. Ella ha conseguido ser ¡CELITA! Es lo que mejor define a una gran mujer, respetada, admirada y muy, muy querida. Te voy a echar mucho de menos, siempre recordaré tus besos, tu cariño, las galletitas a mi nieto.”
Un retrato sincero de lo que fue Celita: una mujer querida, respetada, admirada y presente en la vida cotidiana de quienes la rodeaban.
Uno de sus hijos, Javier García de la Fuente, ha querido despedirla con una carta titulada “Primeras palabras en tu ausencia”, un texto que la familia nos ha compartido y que resume, con una belleza serena, la vida de su madre y el vínculo que deja tras de sí.
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Primeras palabras en tu ausencia
Javier García de la Fuente – 9 de julio de 2026
Es un día de media mañana de la primavera tardía de 1954. Has dejado atrás los apeaderos de Pobladura del Valle y Villabrázaro. El siguiente es el tuyo. La locomotora inunda el aire de vapor al llegar. Junto a otros viajeros, pones el pie en el andén, a orillas del Caño de los Molinos. Levantas la vista y te sorprende, bonita y maltrecha, orgullosa en lo alto, la torre del Caracol. Llegas con 26 años y sigues siendo, desde que naciste, una de las hijas de la maestra de tu pueblo. Eres maragata. La tuya es tierra pobre y de arrieros ausentes, de mujeres al cuidado de familias, labores en el campo y ganado, tierra humilde y dura, de solo cabras, lino y centeno.
Subís la Cuesta de la Estación mientras suenan las campanas del Reloj, el de la torre de la iglesia, el que da fama a esta ciudad pequeña, a este pueblo grande y orgulloso, a sus valles. Poco más sabes de él. A tu alrededor sube también gente que carga, cuesta arriba, ya sea con canastos de la huerta, ya con conejos y gallinas atados por las patas, ya con sacos de lentejas y alubias, todo sobre la espalda o los hombros. Se detienen en la Caseta del Fielato a pesar y pagar la tasa.
Tú sabes bien lo que buscas. Lo tienes en la cabeza. Sigues cuesta arriba. Alcanzas a ver, y te admira, la casa modernista de Felipe González, después Casa Solita, su hija. Llegas a la terraza del Neguri, aroma a café y a charla y a comercio vivo, y ya estás dentro. Sigues hacia el centro. Te sienta bien caminar por estas calles.
Llegas con tu título de farmacia y un proyecto de vida compartido. Qué difícil ha sido, como mujer y en ese tiempo convulso y de necesidades, pasar por la universidad. Cuál el esfuerzo de tu madre y tu padre para lograrlo. Hay un coro alegre de vencejos, decenas, volando sin parar sobre los tejados de las casas en la Plaza de Santa María. Parecen jugar a echar carreras. Te gusta y sonríes.
Sigues buscando, preguntas lo justo, con llaneza, y es Benavente la que te encuentra y ya no te deja marchar. Y así, sin subir la voz nunca, con la modestia y sencillez que trajiste de casa, junto a tu compañero de vida, van llegando tus hijos, hasta 6. Entre medicamentos y recetas magistrales, escuchas a la gente, miras de tú a tú, aconsejas, abrazas, enseñas a leer y escribir, y trabajas un día tras otro, hasta que se te agota el tiempo, 72 años después, siempre a los pies de las piedras de la misma torre, la del Reloj.
Sin saberlo, sin pretenderlo, desde el primer día, te has hecho querer y, al irte, has dejado una huella difícil de borrar. Con tu hacer sencillo y llano, hemos crecido como pueblo, hemos aprendido a querer sin esperar nada a cambio, a valorar tanto lo grande como lo pequeño y la grandeza del insignificante trabajo diario.
Benavente despide así a Celita, una mujer que hizo de su profesión un servicio, de su vida un ejemplo y de su presencia un afecto constante. Su memoria queda en su familia, en sus amigos, en sus pacientes y en cada rincón de la Plaza de Santa María, donde tantos años ofreció consejo, escucha y humanidad.
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