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Milla de Tera, donde aún resisten los sueños de barro

Blas de Paz Martínez Lunes, 29 de Junio de 2026 Tiempo de lectura:

Aproveché el frescor de la mañana para reemprender el camino. Después de varias jornadas recorriendo los pueblos del valle del Tera, el amanecer parecía invitar de nuevo a caminar despacio, sin prisas, como si el propio paisaje pidiera ser contemplado con la calma de quien sabe que las mejores historias nunca se encuentran desde la ventanilla de un coche.

 

Dejé atrás Junquera y la antigua carretera N-525, silenciosa a esas primeras horas, mientras el sol comenzaba a dorar las llanuras. Apenas un kilómetro separa ambos pueblos, una distancia insignificante que, sin embargo, parece marcar el paso entre dos tiempos distintos. El viejo camino conduce hasta el puente que salva la autovía de las Rías Baixas, esa inmensa corriente de asfalto por donde miles de vehículos cruzan cada día sin sospechar siquiera que, unos metros más arriba, sobreviven pueblos donde todavía el tiempo conserva otro ritmo.

 

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El estruendo de los camiones ascendía desde abajo como un rumor permanente. Durante unos segundos me detuve sobre el puente. Miré hacia un lado y otro. Los coches desaparecían con la misma rapidez con la que llegaban, todos persiguiendo destinos lejanos. Después continué caminando.

 

 

Las primeras construcciones que aparecieron fueron las bodegas. Allí estaban, excavadas en la tierra arcillosa como lo llevan estando generaciones enteras. Son uno de esos elementos que distinguen al valle del Tera y que hablan de un tiempo en el que el barro era el mejor arquitecto. Durante siglos protegieron el vino de los calores del verano y de los hielos del invierno. Hoy muchas continúan resistiendo, aunque no sin heridas.

 

[Img #241630]

 

Sus propietarios hacen cuanto pueden por mantenerlas en pie. Algunas entradas aparecen reforzadas con bloques de hormigón gris que rompen por completo la armonía de aquellas construcciones nacidas de la propia tierra.

 

—¿Adobe? ¿Barro? Eso ya no lo hace nadie… es muy trabajoso.

 

La frase, pronunciada con resignación por un vecino, resume perfectamente la evolución de estos pueblos. Lo práctico ha terminado imponiéndose sobre lo hermoso.

 

Continué avanzando por las calles de La Milla. Enseguida comenzaron a alternarse dos formas muy distintas de entender la arquitectura. A un lado aparecían viviendas modernas, amplias, levantadas durante las décadas del desarrollo económico. Muchas fueron construidas gracias al dinero que hombres y mujeres del pueblo ganaron lejos de aquí. Madrid, Barcelona o el País Vasco fueron durante muchos años destinos inevitables para quienes abandonaban estas tierras buscando un futuro mejor.

 

No marchaban por aventura. Marchaban porque aquí apenas había trabajo. Porque querían que sus hijos estudiaran. Porque soñaban con una vida menos dura que la que ellos habían conocido.

 

Cada fachada moderna escondía una historia de sacrificio. De largas jornadas en fábricas. De pisos humildes en barrios obreros. De nostalgias silenciosas cada vez que llegaba enero y pensaban en San Tirso, o cuando las fiestas del pueblo reunían a los vecinos bajo la espadaña de la iglesia mientras ellos seguían trabajando a cientos de kilómetros.

 

Hoy muchos de aquellos emigrantes son ya abuelos o bisabuelos. Regresan algunos veranos. Otros vuelven definitivamente. Y no son pocos los que han decidido restaurar las viejas casas familiares respetando el tapial, el adobe o la piedra de mampostería. Quizá comprendieron que aquellas paredes guardaban mucho más que ladrillos. Guardaban la memoria de toda una familia. La memoria de un pueblo. La memoria de una forma de vivir.

 

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Mientras caminaba descubrí algo que no esperaba. En muchas esquinas florecían enormes maceteros repletos de hortensias. Azules. Rosas. Blancas. Sus flores iluminaban las calles con una intensidad sorprendente, como si quisieran desafiar el tono ocre de las viejas fachadas.

 

Una mujer regaba cuidadosamente uno de aquellos maceteros.

 

—Qué bonitas están…

 

Ella sonrió.

 

—Es cosa de la gente que quedamos en el pueblo. Si nosotros no ponemos un poco de color… ¿quién lo va a hacer?

 

Después, casi sin cambiar el gesto, su mirada se dirigió hacia la calle.

 

—Lo que sí podían hacer es arreglarla bien. Mire cómo dejaron el pavimento. Lo hicieron deprisa y corriendo y ahora toda el agua viene hacia las casas. Tengo humedades en las paredes y nadie responde.

 

No había enfado en sus palabras. Solo ese cansancio tranquilo de quien lleva demasiado tiempo esperando soluciones.

 

Seguí caminando. Aún sobreviven viviendas donde nadie ha regresado. Casas de tapial levantadas con paciencia hace más de un siglo. Los zócalos de piedra continúan protegiendo las paredes de la humedad invernal, aunque los inviernos ya no sean los de antes. La lluvia escasea. Las fuentes bajan con menos agua. Los prados amarillean demasiado pronto. Y, sin embargo, aquellas casas siguen allí. Parecen esperar. Esperar a que algún hijo. A que algún nieto. A que alguien descubra que aquello que hoy llaman viejo posee una belleza imposible de fabricar.

 

Cada grieta parece contener una historia. Cada puerta cerrada conserva el eco de unas risas. Cada ventana vacía continúa mirando la calle con la esperanza de volver a abrirse algún día.

 

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Como sucede en tantos pueblos de Castilla, la iglesia domina el caserío. Su espadaña emerge por encima de los tejados como un vigía de piedra. No solo es un edificio religioso. Es la memoria colectiva. Allí fueron bautizados. Allí se casaron. Allí despidieron a quienes nunca regresaron de la emigración. Allí sonaron las campanas cuando nacían los niños y cuando partían los mayores. La iglesia guarda mucho más que imágenes. Guarda la vida entera del pueblo.

 

Me senté unos minutos bajo su sombra. Desde allí imaginé a los hombres que levantaron aquellas paredes. Campesinos. Canteros. Carreteros. Gente acostumbrada al esfuerzo. Vivían con muy poco. Pero también soñaban. Soñaban con una cosecha abundante. Con una mula nueva. Con una tierra más fértil. Con que sus hijos no conocieran las mismas privaciones.

 

Muchos de aquellos sueños terminaron viajando en tren hacia las grandes ciudades. Otros permanecieron aquí. Porque hubo quienes eligieron quedarse. Y siguen pensando que no existe mayor riqueza que respirar aire limpio al amanecer y escuchar el silencio de los campos.

 

Aunque ese silencio ya no sea completo. La autovía atraviesa ahora los antiguos prados. El ruido nunca desaparece del todo. Sube hasta las calles. Entra por las ventanas. Rompe la calma.

 

Un vecino observaba pasar los vehículos.

 

—Eso es lo peor del pueblo.

 

Guardó unos segundos de silencio antes de continuar.

 

—¿Y nosotros qué podemos hacer?

 

No esperaba respuesta. Simplemente aceptaba una realidad que nadie parecía dispuesto a cambiar.

 

La mañana avanzaba rápidamente. El calor comenzaba a imponerse. Algunos vencejos giraban alrededor del campanario lanzando sus agudos chillidos. Ya no eran tantos como hace unas décadas.

 

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Una mujer me observó mientras levantaba la cámara para fotografiarlos.

 

—Uy, galán. Debías venir por San Tiso.

 

Sonreí. Tardé unos segundos en comprender que aquel “Tiso” era, en realidad, San Tirso. Aquí el santo no necesita pronunciarse entero. Todo el mundo sabe de quién se habla.

 

—Entonces vuelve el pueblo entero —continuó.

 

Y era verdad. Cada febrero regresan centenares de personas. Los hijos. Los nietos. Los que marcharon hace cincuenta años. Los que viven en Madrid, Bilbao, Barcelona o Valladolid. Durante unas horas vuelven a ser simplemente vecinos de La Milla. Porque hay lugares donde uno nunca deja de pertenecer.

 

Mientras continuábamos hablando apareció inevitablemente otro asunto: el calor.

 

—Antes todas las casas tenían parras. Daban sombra. Refrescaban las fachadas. Ahora las quitamos casi todas. Y luego nos preguntamos por qué hace tanto calor.

 

Miré las calles imaginándolas cubiertas de hojas verdes, con los racimos colgando sobre las puertas, protegiendo las fachadas del sol de julio. Cuántas soluciones sencillas hemos ido olvidando creyendo que el progreso siempre consistía en sustituir lo antiguo.

 

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Cuando el sol alcanzó su punto más alto comprendí que era hora de regresar. Desanduve lentamente el camino hasta el puente. Volví a cruzar la autovía. Abajo seguía pasando aquel río interminable de coches y camiones que viajaban hacia el mar o hacia la meseta sin detenerse jamás.

 

Pensé entonces en esa extraña contradicción. La autovía representa el progreso. Acerca ciudades. Transporta mercancías. Genera riqueza. Pero también deja un peaje invisible: el ruido, la pérdida del silencio, la ruptura del paisaje, la sensación de que el mundo siempre corre mientras estos pueblos continúan resistiendo con la paciencia de quien ha aprendido a convivir con el paso del tiempo.

 

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Al llegar de nuevo a Junquera encontré a Paulino terminando de ajustar el motor de mi coche. Levantó la cabeza, se limpió las manos en un trapo y sonrió.

 

—Ya está listo.

 

Antes de marcharme recordé las palabras de María. No hablaban solo de La Milla. Podían resumir la filosofía de muchos pueblos del valle.

 

—Aquí, a pesar del ruido de los coches, se vive muy bien.

 

Hizo una breve pausa mientras contemplaba los campos.

 

—Yo no lo cambio por ninguna ciudad.

 

Arranqué el coche despacio. Mientras me alejaba comprendí que existen lugares donde la verdadera riqueza no se mide por el dinero, ni por las carreteras, ni por el tamaño de las casas. Se mide por la memoria. Por las raíces. Por la capacidad de seguir llamando hogar a un pequeño rincón del mundo aunque el tiempo haya cambiado casi todo lo demás.

[Img #241629]

 

 

Y La Milla, con sus bodegas de barro, sus hortensias, sus viejas casas de tapial, el vuelo de los últimos vencejos y la fe sencilla de sus vecinos, sigue recordándonos que el verdadero patrimonio de un pueblo nunca son únicamente sus piedras. Es la gente que decide permanecer. Y la que, aunque viva lejos, nunca deja de regresar.

 

[Img #241646]

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