Tienes activado un bloqueador de publicidad

Intentamos presentarte publicidad respectuosa con el lector, que además ayuda a mantener este medio de comunicación y ofrecerte información de calidad.

Por eso te pedimos que nos apoyes y desactives el bloqueador de anuncios. Gracias.

Continuar...

Tradición

Bajo el fresno centenario, el juego de la Calva desafía al tiempo en Camarzana de Tera

Redacción Lunes, 01 de Junio de 2026 Tiempo de lectura:

Ayer , domingo  por la tarde, en los alrededores de la Ermita de la Trinidad de Camarzana , el tiempo pareció detenerse. Allí, bajo la sombra generosa del fresno centenario que desde hace décadas vigila silencioso el devenir de nuestros valles, surgió una escena que muchos creíamos ya perdida para siempre: una partida tradicional de La Calva.


El sonido seco del marro golpeando la tierra, las voces pausadas de los jugadores, las bromas entre tirada y tirada y el lento discurrir de la tarde devolvieron a aquel rincón rural una estampa de otro tiempo. Un tiempo donde los pueblos estaban llenos de vida y donde los juegos tradicionales no eran simple entretenimiento, sino también encuentro, identidad y comunidad.


Para quien no conozca este deporte ancestral, La Calva consiste en derribar una pieza de madera colocada en ángulo obtuso —la llamada “calva”— mediante el lanzamiento de un marro, normalmente un cilindro de hierro, aunque antiguamente también podía ser de madera o incluso de piedra ovalada. Parece sencillo cuando se explica, pero basta observar unos minutos para comprender la enorme precisión, concentración y experiencia que requiere.


El responsable de devolver esta tradición por unas horas a nuestros campos fue Nardi, vecino entusiasta y amante de las costumbres populares, que reunió a varios calvistas —que no calvinistas, como alguno bromeaba entre risas— procedentes de Ayoo de Vidriales, Fuente Encalada y Villajeriz.


Desde las seis de la tarde, divididos en dos grupos y protegidos del calor por el viejo fresno, los jugadores lanzaban el marro una y otra vez con admirable serenidad. Cada impacto certero arrancaba aplausos y comentarios entre los presentes. El objetivo era alcanzar los 16 puntos para alzarse con la victoria, pero lo importante allí no era tanto ganar como compartir.


Porque en realidad La Calva nunca fue únicamente un juego. Era —y sigue siendo— una forma de relacionarse, de fortalecer lazos entre pueblos vecinos y de transmitir de generación en generación una manera de entender la vida rural.


En una época donde la despoblación avanza implacable y donde tantas tradiciones desaparecen sin hacer ruido, contemplar una partida de La Calva supone mucho más que asistir a una competición. Supone reivindicar una identidad. Recordar quiénes somos y de dónde venimos.


Mientras las ciudades absorben población y el medio rural lucha por sobrevivir, nuestros pueblos se enfrentan al riesgo de convertirse en simples territorios de explotación. Las grandes plantas solares, los parques eólicos o las industrias de biogás observan estos valles como espacios vacíos donde instalar sus proyectos. Pero quienes vivimos aquí sabemos que no son tierras vacías: son lugares llenos de memoria, cultura y formas de vida que merecen seguir existiendo.


Precisamente por eso, recuperar juegos como La Calva adquiere un valor casi simbólico. Cada lanzamiento del marro es también una manera de resistir al olvido. Cada partida es un pequeño acto de defensa de la vida rural.
La tarde fue cayendo lentamente sobre la Ermita de la Trinidad mientras las conversaciones continuaban alrededor del campo improvisado. Algunos mayores recordaban antiguas partidas celebradas durante las fiestas patronales; los más jóvenes observaban con curiosidad aquel deporte desconocido para ellos. Y quizá ahí residía la verdadera victoria del día: comprobar que todavía existe interés por conservar estas raíces.


Sólo queda felicitar a Nardi por la magnífica organización del encuentro y agradecer a los calveros de Ayoo de Vidriales, Villajeriz y Fuente Encalada su empeño por mantener viva esta tradición. Gracias a personas como ellos, nuestros pueblos siguen conservando algo esencial: el orgullo de su historia y de sus costumbres.


Porque mientras exista alguien dispuesto a lanzar un marro contra una calva bajo la sombra de un fresno, el alma de nuestros valles seguirá viva.

 

Comentar esta noticia

Normas de participación

Esta es la opinión de los lectores, no la de este medio.

Nos reservamos el derecho a eliminar los comentarios inapropiados.

La participación implica que ha leído y acepta las Normas de Participación y Política de Privacidad

Normas de Participación

Política de privacidad

Por seguridad guardamos tu IP
216.73.216.85

Todavía no hay comentarios

Con tu cuenta registrada

Escribe tu correo y te enviaremos un enlace para que escribas una nueva contraseña.