Día Viernes, 29 de Mayo de 2026
Hay tradiciones que no se miden en días ni en calendarios. Tradiciones que laten en la memoria de un pueblo y que sobreviven al paso del tiempo gracias a la emoción compartida de generaciones enteras. Así volvió a vivirse en Abraveses de Tera el esperado Novenario de la Virgen de las Encinas, una celebración única que, cada siete años, reúne devoción, recuerdos y sentimiento en torno a la patrona del pueblo y del Valle del Tera
El primer lunes después de Pentecostés amaneció marcado en rojo en el corazón de los vecinos. Después de nueve días de cultos, con misas diarias al mediodía y el rezo del rosario cada tarde, llegaba por fin el día grande: el regreso de la Virgen a su ermita. Siete años de espera condensados en una sola jornada cargada de emoción.
A las cinco de la tarde, las campanas de la iglesia parroquial parecían anunciar algo más que el inicio de una procesión. Dentro del templo, la Virgen de las Encinas aguardaba sobre su trono, vestida con sus mejores galas y rodeada de flores, mientras los vecinos llenaban cada rincón de la iglesia. Hombres y mujeres acudieron engalanados para la ocasión, conscientes de que no se trataba de una tarde cualquiera, sino de una de esas fechas que quedan grabadas para siempre en la memoria colectiva.
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Tras el solemne rezo del rosario y el canto emocionado de la Salve, las puertas del templo se abrieron lentamente y la comitiva comenzó a abandonar la iglesia. Encabezaban el cortejo los dos tradicionales ramos leoneses, símbolo de la juventud del pueblo y de la continuidad de las tradiciones. Tampoco quisieron faltar las autoridades, reflejo de la importancia de esta romería para toda la comarca. En representación de la Diputación de Zamora estaba su Presidente Javier Faúndez, acompañado por los diputados de zona Atilana Martínez y Emilio Fernández, además de Carlos Martín y Venerando Villarejo como alcaldes de Micereces y Abraveses.
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Pero si hubo un protagonista que acaparó las miradas desde el primer instante fue Aurelio Furones. A sus 101 años, el vecino centenario de Abraveses fue el primero en responder a la petición de portar la imagen de la Virgen desde la misma puerta de la iglesia. Su gesto despertó la admiración y el cariño de todos los presentes. Tras él, decenas de familias fueron turnándose para conducir a la patrona, contribuyendo además con sus donativos al mantenimiento de una fiesta profundamente arraigada en el alma del pueblo.
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La procesión avanzaba lentamente entre caminos flanqueados por árboles y campos cubiertos por el intenso verdor de una primavera generosa. El calor de la tarde no impidió que cientos de personas acompañaran a la Virgen en un recorrido de casi dos kilómetros hasta la ermita. El caminar pausado del cortejo estaba acompañado por una formación musical tan singular como entrañable, integrada por Iván Alfonso, de Fole Feroz; Miriam Chamorro, de Santibáñez de Vidriales; Clara Colinas, de Fuente Encalada; y los hermanos César y Raúl, de Quiruelas. Sus sones tradicionales envolvían la romería en una atmósfera de emoción y solemnidad.
Poco a poco, el sonido de la campana de la ermita comenzó a escucharse a lo lejos. Era la señal de que el final del recorrido estaba cerca. También aumentaban las prisas y los deseos de quienes todavía no habían tenido la oportunidad de portar la imagen. Y por fin , al final de la cuesta que conduce a la ermita, apareció el pendón azul de la Virgen de las Encinas, seguido por los ramos leoneses y los garroteros con cetros, presididos por la mayordoma de este año, que acompañaba con profunda devoción a la imagen.
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La llegada fue uno de esos momentos imposibles de describir sin emocionarse. Tras rodear la ermita, la Virgen quedó situada frente al santuario, resplandeciente bajo la luz de la tarde. Allí la esperaba otro de los momentos más esperados: la jota dedicada a la Virgen de las Encinas, interpretada por el grupo regional “Escuela de Bailes Maragatos Las Malvinas”. El sonido de la música tradicional y el vuelo de los trajes regionales llenaron de vida la explanada de la ermita mientras muchos vecinos observaban con lágrimas contenidas y recuerdos inevitables.
Sin embargo, aún quedaba el instante más simbólico y esperado de esta celebración septenal: la subida de la Virgen al trono. Comenzaron entonces las pujas entre los vecinos. Las cantidades fueron creciendo rápidamente entre aplausos, nervios y expectación, hasta que volvió a surgir el nombre de Aurelio Furones. El centenario alcanzó los 4.000 euros y logró nuevamente cumplir el sueño que ya había conseguido en anteriores ocasiones: ser quien subiera a la Virgen a su trono.
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El aplauso fue unánime. Rodeado de su familia, de sus vecinos y de las autoridades presentes, Aurelio volvió a protagonizar uno de esos momentos que trascienden lo religioso para convertirse en patrimonio sentimental de un pueblo entero. A sus 101 años, el anciano simbolizaba la memoria viva de Abraveses de Tera, el vínculo entre quienes estuvieron, quienes están y quienes seguirán manteniendo viva esta tradición.
La música volvió a sonar en los alrededores de la ermita y la fiesta continuó entre bailes, conversaciones y reencuentros de vecinos llegados desde distintos puntos del Valle del Tera. Poco a poco, al caer la tarde, los asistentes comenzaron el regreso al pueblo con la sensación de haber vivido algo irrepetible.
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Porque la Romería de la Virgen de las Encinas no es únicamente una celebración religiosa. Es un reencuentro con las raíces, una forma de mantener vivos los recuerdos y de honrar la memoria de quienes ya no están. Dentro de siete años, cuando vuelva a repetirse este rito ancestral, muchos regresarán pensando precisamente en eso: en las ausencias y en los abrazos que permanecen para siempre unidos bajo la mirada serena de la Virgen de las Encinas.
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