“La mirada de Lucía”, de Teatro del Navegante, emociona con una historia sobre familia, memorias, pérdidas y reconciliación
Lo esencial es invisible a los ojos”
Frase de “El principito”, Antoine de Saint-Exupery
Visibilizar la importancia de la empatía hacia quienes viven el mundo desde la ausencia de algún sentido es, quizá, uno de los mayores de los sentidos humanos. El arte, en todas sus ramas, insiste en ese reclamo social. El teatro también insiste.
En Benavente, el pasado fin de semana, pudimos asistir a la representación teatral de “La mirada de Lucía”, del Teatro del Navegante una obra que, curiosamente, dialogaba en espíritu con lo que apenas media hora después celebraría la 40ª edición de los Premios Goya: el reconocimiento de la película “Sorda”, película galardonada con tres estatuillas y centrada también en la visibilizar la inclusión, aspecto que suele casi siempre, quedar fuera del discurso dominante.
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Un salón lleno de memoria
La obra se sostiene sobre una premisa aparentemente sencilla: la reconstrucción emocional de tres mujeres, frente a sus memorias familiares.
En escena, un salón abarrotado de objetos familiares, —nada austero— se convierte en un mapa de recuerdos. Fotografías, juguetes, lámparas, relojes, cuadros, discos, ropa, zapatos, muebles, pequeños detalles domésticos adquieren una dimensión simbólica.
En medio de ese paisaje aparece una caja de cartas que desvela voces del pasado, secretos guardados y sorpresas que nunca terminaron de decirse. Ese salón concentra justamente eso: recuerdos agridulces, reproches antiguos y silencios heredados.
Tres actrices encarnan a dos hermanas —Allegra y Lea— y a la hija de una de ellas, Lucía, quien padece una enfermedad degenerativa de la vista. Las tres se reúnen en la antigua casa familiar para ordenar pertenencias tras la ausencia de los padres y abuelos. Lo que comienza como una tarea práctica se transforma en un ejercicio de memoria compartida.
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El triálogo de la herida
El triálogo —tenso por momentos, desgastado por rencores no resueltos— expone las fisuras familiares. Y es aquí donde resuena la célebre frase de Leon Tolstoi en Ana Karenina, expresa por la tía Allegra en algún momento de la presentación:
“Todas las familias felices se parecen unas a otras; cada familia infeliz lo es a su manera.”
Paradójicamente, Lucía —la única que no puede ver y que apenas vivió algunos de esos episodios— se convierte en la brújula emocional del encuentro. Su ceguera física contrasta con una claridad afectiva que equilibra a las hermanas. Mientras ellas se pierden en lo que fue, ella propone reconciliarse con lo que es.
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Una puesta en escena contenida
El montaje evita el efectismo. La dirección apuesta por una escena contenida, sin estridencias. La luz tenue, los espacios fragmentados y la disposición de los objetos están al servicio de una única misión: amplificar los múltiples mensajes de la obra.
La actriz que encarnó a Lucía construye su personaje desde la contención: voz suave, pausada, mirada que, ausente del todo, sostiene el peso simbólico de la obra.
En escena las actrices construyeron una polifonía teatral: Lea avanza en crescendo, elevando poco a poco la intensidad emocional hasta tensar el aire del salón; Lucía sostiene la obra en un delicado sotto voce, donde cada palabra pesa; y Allegra responde e irrumpe en staccato, con intervenciones precisas y marcadas que cortan muchas veces la armonía. Tres intensidades distintas, tres ritmos propios, que lejos de competir se complementan y componen una misma partitura escénica.
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Escuchar como acto de amor
La música ocupó un lugar esencial. Interpretada en gran parte por las propias protagonistas, funciona como un hilo invisible entre pasado y presente. La obra comienza y termina con el sonido grabado de “Te quiero dijiste” de Los Panchos, subrayando en sus estrofas la importancia de la escucha. También los elementos visuales no pasaron desapercibidos, con las proyecciones añadidas y otros detalles
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Ceguera física y ceguera emocional
El gran tema de la obra es la ceguera en doble sentido: la física y la emocional. No solo habla de la pérdida progresiva de la vista, sino de la incapacidad de ver al otro en su dolor, de la dificultad de reconocer nuestras propias sombras.
Todos hemos estado —o estaremos— en un salón similar: enfrentándonos a objetos que traen el pasado, que interpelan el presente y que anticipan el futuro. La obra, puede que nos ayude a advertir nuestras reacciones, cuando inevitablemente llegue ese momento.
“La mirada de Lucía” no es solo una historia familiar. Es una invitación a mirar mejor. A querer mejor. A incluir mejor. Porque, como recordaba Saint-Exupéry, lo esencial no siempre se ve. Pero se siente.
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Equipo de la obra:
Voz en Off: Carmen Linares.
Dramaturga: Verónica Serrada
Dirección: Xiqui Rodríguez
Composición musical: Raúl Escudero
Espacio Sonoro: Sergio Rodríguez
Cuadros: Olga Mansilla
Foto: Luisa Valares y Carlos Polo
Video: Jerónimo García
Creación de máscara: Basilisco Studio
Producción: Béatrice Fulconis
https://www.teatrodelnavegante.com/






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