Las palabras y los oficios
En la despoblación rural está el origen de todas las pérdidas y martirios que venimos relatando, pero no todas son iguales. Las hay que se arrastran en una lenta agonía, algunas tienen una desaparición traumática, las hay recuperables, incluso hay pérdidas gozosas… y otras, como las que traemos a esta reflexión, muestran el marchamo doloroso de algo importante que se fue para no volver o, si acaso, para ser incluidas en índices o ensayos de una marcada añoranza social. Nos referimos a esas palabras y oficios que un día fueron de uso común o gozaron de plena justificación, pero que hoy la ciudadanía tiene dificultades para definirlas o explicar la razón de la importancia que tuvieron. Y en estas, puede que algunos se pregunten: ¿Qué perdemos al abandonar este vocabulario inútil? ¿Qué consecuencias puede traernos el olvido de estos menestrales? ¿Es una situación irreversible? ¿Qué supone en términos económicos, etnográficos, o de satisfacción sociocultural estas pérdidas? ¿Hacemos lo suficiente para recuperar este patrimonio?
![[Img #193127]](https://interbenavente.es/upload/images/04_2024/3967_imagen-de-whatsapp-2024-04-18-a-las-141608_26b18538_2024.jpg)
En un intento de calificar la desaparición de los modos de hablar, del vocabulario específico de aquellas actividades, o del goteo incesante de palabras que perdemos a diario, hay quien habla directamente de lengüicidio mientras que otros se posicionan por una intelectualidad más beligerante. Puede que una y otra sean un exceso, pero no hay duda de que estamos perdiendo una pequeña visión del mundo y, naturalmente, una parte importante del conocimiento que atesoraron los pueblos a lo largo de muchas generaciones. El sentido común, pero también dialectólogos, investigadores del habla o etnógrafos coinciden en señalar que este acervo que hemos puesto en las puertas del olvido, además de su utilidad principal, tiene otros matices y riquezas sociológicas que perderemos con él. En todo caso, la forma de ser una comarca, las peculiaridades de su vocabulario, la dicción, la entonación… son un patrimonio valioso que conforma, tanto o más, la identidad de ese territorio que el paisaje, la historia, las fiestas, la gastronomía o las tradiciones. No en vano, muchas veces, identificamos el origen de las personas precisamente por estas características.
No deja de ser curioso que guardemos nuestras fotos, los recuerdos de amigos y familiares o los archivos personales más valiosos en discos duros, en pendrive o los subamos a la nube en una actitud previsora; sin embargo no prestemos ninguna atención a que el prestigioso Instituto Cervantes publique que se han perdido 2.793 palabras, o al hecho contrastado de que la mayoría de la población apenas maneja trescientas palabras (El diccionario RAE tiene cerca de cien mil) para comunicarse habitualmente. Es verdad que hay estudiosos, colectivos culturales, cátedras universitarias e instituciones locales que muestran su preocupación por estas cuestiones y promueven índices de palabras perdidas, diccionarios de hablas, blogs, webs… Unos trabajos meritorios que han dado ya una estimable bibliografía, pero estamos en la era de la comunicación y debiera exigirse a las instituciones que disponen de más recursos, que apostasen por rescatar este patrimonio común y lo pusieran a disposición del gran público a través de programas didácticos y amenos.
Hoy nos echamos las manos a la cabeza por el maltrato a los animales, al medio ambiente, al patrimonio arquitectónico, al pictórico… y está bien, pero nadie parece alarmarse ante el hecho de que las nuevas generaciones hayan reducido escandalosamente los conocimientos sobre el medio rural, y no sean capaces de nombrar correctamente unos cuantos útiles de labranza, los árboles de su entorno, distinguir la silueta de los cereales que nos sirven de alimento, las hierbas medicinales más habituales, las plantas ornamentales que ven en el parque o el jardín de su casa, la fisonomía y el nombre de los pájaros que nos rodean… No es una simple percepción ni una cuestión de nostalgias, es puro sentido común. Esta ignorancia no sólo limita el conocimiento y la comunicación personal, si no que compromete la transmisión oral a las futuras generaciones de palabras, dichos populares, la sabiduría de los refranes o las ocupaciones que hicieron viable la sociedad de nuestros padres o abuelos.
![[Img #193223]](https://interbenavente.es/upload/images/04_2024/5277_imagen-de-whatsapp-2024-04-18-a-las-140616_f3524d8e_2024-editar.jpg)
La modernización de las tareas agrícolas y ganaderas, la despoblación, la evolución de las sociedades rurales, la tecnología, el utilitarismo… han dejado en el arcón de la historia palabras, giros, oficios y profesiones que perdieron el sentido laboral, la utilidad crematística o, sencillamente, fueron sustituidos por máquinas. Ello no quiere decir que no tengan un valor sentimental, etnográfico o histórico que haga necesaria su protección.
Sin ánimo de agotar el tema, hagamos un repaso por algunas actividades profesionales sobre las que un día, no muy lejano, pivotó la vida económica de los pueblos y hoy prácticamente han desaparecido. Un ejercicio que quizás nos permita tomar conciencia de la magnitud de la pérdida en términos etnográficos o, siquiera, como un eventual recurso educativo, turístico o de justo reconocimiento a nuestros predecesores más recientes.
Recuperar la memoria de ese conocimiento tendría que ser una exigencia social ineludible, pero no lo es. Y sólo desde ese conocimiento podríamos decir que se han extinguido por las causas que fueren, pero que no ha desaparecido del todo de nuestro patrimonio cultural el oficio de barquillero, el pipero, el abarquero, el colchonero, el afilador, los curtidores, el campanero, los arrieros, el molinero, el cernidor de harina, el lechero, el lagarero, el pregonero, el rabadán, el carbonero y el cisquero, los herreros, el limpiabotas, el barbero, los santeros, las hilanderas, el espartero, el sedero, las lavanderas, el sereno, los aguadores, el deshollinador, el hojalatero, el calderero, el estañador, el talabartero, los paragüeros, el vadeador o barquero, el farolero, los colmeneros o mieleros, el mayoral, el palafrenero, los camineros, los segadores, las plañideras, la partera, los cesteros, los carreteros, el alambiquero, las bordadoras, el serrador, el barrenero, los aparceros, los adoberos, el ama de cría, los blanqueadores o yeseros, el pellejero, el trapero, los agrimensores, el capador, el sexador de pollos, el cerero, el curandero, los empedradores, el esquilador, las hierberas, el picapedrero, el resinero, el taburetero, los toneleros, el tundidor, el tintorero, el tejedor, el sastre, los vinateros, los poceros, los areneros, los mesoneros… Por citar sólo unas cuantas ocupaciones que tuvieron una presencia insustituible en el día a día de aquellas sociedades rurales y que, como cualquier otra actividad, también tenían su propio utillaje y vocabulario específico que murió con ellas. Esos oficios ya no tienen cabida laboral en la vida de hoy. De acuerdo, pero dar por perdido ese enorme caudal de conocimientos es, además de socialmente insensato, un verdadero disparate renunciar a esas raíces que nos ofrecen equilibrio personal y sentido de pertenencia a una sociedad con pasado, en este mundo nuestro tan necesitado de referentes culturales propios. //


Normas de participación
Esta es la opinión de los lectores, no la de este medio.
Nos reservamos el derecho a eliminar los comentarios inapropiados.
La participación implica que ha leído y acepta las Normas de Participación y Política de Privacidad
Normas de Participación
Política de privacidad
Por seguridad guardamos tu IP
216.73.216.10