¡Otras vacaciones en crisis!
El Domingo de Ramos es, para creyentes y no tanto, el pistoletazo de una semana de arraigada tradición vacacional; pero este año tampoco podrá ser. La realidad de la pandemia y las autoridades siguen pidiendo a la gente contención, paciencia y pensar que vendrán más disfrutes sin la amenaza de que se contabilice en contagios, hospitalizados o más muertos por coronavirus. En definitiva que ahonden el drama sanitario y económico que estamos sufriendo.
Si miramos en la historia de las sociedades, encontraremos que vacacionar no es una práctica nueva. Los griegos tomaron las olimpiadas como un alto en sus quehaceres, para relacionarse con sus vecinos disfrutando de la diversión y el ocio. Los patricios de Roma aprovecharon las magníficas infraestructuras viarias para hacer turismo (tornus) por las provincias del imperio. En la Edad Media se perdió la seguridad en los caminos y vacacionar entro en una cierta decadencia. Los dies de vacatio romanos, y las vacaciones judiciales recogidas por Alfonso X El Sabio, prescriben los días sin obligaciones religiosas y el derecho de los campesinos a no ser citados por los tribunales en los meses de verano. El sistema de postas, albergues y posadas, introducido en Europa por Marco Polo, devolvió la seguridad a los viajeros y en los siglos XVIII y XIX el ferrocarril será el gran aliado para la movilidad de la burguesía. Finalizada la Segunda Gran Guerra, la presión de los trabajadores obligó a que se contemplase el derecho a un tiempo de vacaciones así como a pagas adicionales. Estábamos a un paso del llamado turismo social.
En todos los países, con un cierto grado de desarrollo, se recoge la exigencia a otorgar un número de días naturales de vacaciones y a la percepción de pagas extraordinarias. Y es un derecho tan arraigado que se ha convertido en un hábito más de consumo, y en su defecto en un elemento de fracaso y frustración.
La pandemia ha puesto el hábito de vacacionar patas arriba, y con ello una parte sustancial las economías de países en los que el peso del sector turístico es más que importante. Recordar que, en la práctica, se dieron por perdidos los periodos vacacionales de la Semana Santa-2020, el verano-2020, las Navidades 20/21, la Semana Santa-2021, fiestas señaladas, puentes… y aún estamos con el gran interrogante del próximo verano. Es evidente que el sector turístico y todo lo que mueve, está siendo uno de los más castigados.
Pero no debemos olvidar que esta industria también produce, y sobre todo, satisfacción para la ciudadanía, ayuda a sobrellevar el estrés laboral, alivia la presión de nuestro modo de vida, nos permite a crecer con otros… pero todo esto se ha ido posponiendo indefinidamente. Han ido decayendo los índices de sociabilidad, de satisfacción ciudadana, de disfrute en común de los bienes de la cultura…. y el aumento exponencial de los registros de desconfianza, de cansancio, de fatiga pandémica o el más preocupante de todos: la salud mental de un sector de población cada día más numeroso que demanda ayuda, o lo que es peor aún, que ni tan siquiera se atreve a demandarla.
Sin embargo el miedo al futuro y las consecuencias sociales de la factura económica que dejan las restricciones, permiten poco margen a los gobiernos. A nadie se le esconde que de persistir esta situación, podríamos vernos abocados a un colapso económico tan importante que lo pagaría el conjunto de la ciudadanía con algo más que sus vacaciones. ///
![[Img #139817]](https://interbenavente.es/upload/images/03_2021/8927_vacacionescrisis.jpg)



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