Cuando el futuro puede ser una quimera
La idea de progreso frente a lo antiguo y el camino a recorrer para ganar ese futuro, ha sido siempre alimento de la imaginación de quienes luchan por un porvenir más próspero. Sin embargo, calamidades del calado de esta pandemia y algunos de sus dramas que nos tocan de cerca, obligan a poner pie en pared y relativizar cosas que siempre se dieron por esenciales.
Es probable que la modernidad, como concepto absoluto, surja del espejismo o la ilusión de quienes se esfuerzan por mejorar la sociedad en la que viven. No importa el riesgo o las dificultades del camino porque entienden que el mayor enemigo de la colectividad es el inmovilismo, la verdadera artrosis de las sociedades. Esa ha sido la utopía de las personas precursoras pero, insisto, hay momentos en los que esa ilusión puede nublarse de un plumazo cuando se instala una adversidad de las proporciones que sufrimos. Lo estamos viendo ahora, esos objetivos de futuro y modernidad han desaparecido totalmente del cristal.
Tendemos a pensar que nuestra desgracia es única y la más gravosa de cuantas se han vivido y puede que sea así, pero solo en parte. Es cierto que hoy, al menos en las sociedades avanzadas, nos exponemos a perder mucho más que en otros momentos de la historia: libertades, sanidad, educación, cultura, esperanza de vida, certidumbres… Es claro que unos pierden más que otros (ahí esté la razón de que se hayan encontrado las vacunas frente a la Covid19 en tan poco tiempo), pero no lo es menos que todos tenemos en cuestión el futuro.
La historia recoge muchas catástrofes sanitarias, más o menos globales, que cambiaron los ciclos históricos o incluso sirvieron para separar una era de la anterior. Señalar, a modo de ejemplo, que entre los diez patógenos más mortíferos de los últimos doscientos años no se encuentra el causante de esta pandemia: Viruela (300 millones de muertos), Sarampión (200 millones), Peste bubónica (150 millones), Hepatitis B (60 millones), Gripe “Española” (50 millones), SIDA (35 millones), Hepatitis C (15 millones), Fiebre entérica (12 millones), Cólera (10 millones), Tifus (4 millones), y aún lejos de esas cifras escalofriantes de mortalidad se encuentra el coronavirus que hace tambalear los pilares de nuestra civilización, con poco más de dos millones de muertos.
Resulta obvio que la pandemia nos ha hecho perder la estela de modernidad que tenían marcada la sociedad de nuestro tiempo, y con ella la esperanza de progreso para millones de personas en el mundo; pero hoy contamos con muchas complicidades a nivel internacional para afrontar esta calamidad. También en España se dan las condiciones para que podamos superar las dificultades a que nos aboca la pandemia: nuestro país forma parte de todas las instituciones internacionales que tienen las capacidades organizativas y financieras para enfrentar con éxito una situación tan grave como esta, estamos en el cruce de las ideas, en la mesa de la investigación y de la ciencia… y esas posiciones de privilegio permitirán que este coronavirus ni nos desborde, ni nos deje atrás.
No es una idea o un espejismo, es una realidad objetiva que también nos obliga a responder con rigor y civismo a las normas que se dicten dentro y fuera del Estado: unas condiciones sociales y sanitarias desde las que jamás se luchó en otro tiempo. Ello no impide (quizás obliga) que en España debamos exigir mayor transparencia a las administraciones competentes, más ejemplaridad a todos sus gestores y, sobre todo, que se detenga la inercia del deterioro de lo público y se garantice la solvencia presupuestaria de los servicios. Sólo así (cuando esto vaya pasando) la recuperación socioeconómica y la de millones de afectados dejará de ser un espejismo, será una realidad objetiva capaz de devolver el futuro a la ventana. ///
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