¿Y cuándo empezará la recuperación?
Sabemos que la UE ha puesto a disposición de los países un amplio paquete de ayudas y que España es uno de los grandes beneficiados, pero sabemos poco o nada de cómo será esa recuperación y de las hipotecas que, en forma salud mental, dejará la pandemia. Quizás sea pronto para analizar el comportamiento institucional sin la necesaria perspectiva, pero las urgencias son tantas y tan perentorias las necesidades que no hay mucho tiempo para el debate. Por otro lado, es evidente que empiezan a surgir numerosos síntomas de fatiga social y que, de alguna manera, se ha instalado el miedo y la incertidumbre en amplios sectores de la población.
Miedo a que la ciencia o los sistemas de salud se muestren incapaces de resolver definitivamente el avance destructivo de este coronavirus, miedo a un nuevo confinamiento domiciliario, miedo a la ansiedad, al estrés, a la depresión, al insomnio, a los brotes de irritabilidad, al consumo de alcohol o ansiolíticos, miedo a ser contagiado, a contagiar, a llevar el virus al seno familiar… Miedo a una amenaza que no termina de calibrarse en su totalidad, miedo a la certeza de que este “bicho” es tan democrático que se desenvuelve perfectamente bien en países ricos o pobres, fríos o templados, en grandes mansiones o en humildes chozas, en el cuerpo de personas poderosas, de funcionarios, de obreros, de indigentes, de personas cultas o analfabetas… y ese despliegue de poderío nos desconcierta un poco más.
A esa inquietud que provoca un patógeno capaz de producir este caos en nuestra civilización que ya creíamos invulnerable, hay que añadir la sensación de incertidumbre que oprime a la gente por la salud de los suyos, por encontrar o mantener el trabajo, por los estudios de los hijos, por el bienestar de la familia, por las dudas de si estaremos a la altura que la situación requiere, por si nos faltarán los elementos básicos, por el sueño de nuestras propias expectativas… Ante esa ausencia de certidumbres la sociedad está aprendiendo a valorar lo que tiene, y todo lo demás va pasando poco a poco a otro escalón más bajo de prioridades. Como dice el psiquiatra Alberto Fernández: “En una guerra, los mayores estragos no se deben al combate, sino a la destrucción masiva de la vida cotidiana”.
Es un hecho que la Covid19 ha destrozado la economía y los mercados, pero también nuestras rutinas, el entorno laboral, las relaciones interpersonales, los hábitos de movilidad que habíamos hecho bandera de nuestra sociedad… Y si a ello añadimos la seguridad de que lo seguirá haciéndolo durante algún tiempo, tendremos que asumir que la recuperación no es una cuestión menor sino algo de mayor calado, que obligará necesariamente a estudiar bien las heridas antes de cauterizarlas.
En mi opinión, si es que ocurre en el corto plazo, la sociedad no perderá esos miedos ni volverá la estabilidad y la confianza a los mercados mientras permanezcan los interrogantes sanitarios, las dudas en el empleo, la volatilidad empresarial y, en definitiva, la sensación de fragilidad económica que se ha instalado en el país. ///
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