Del Jueves, 22 de Enero de 2026 al Domingo, 25 de Enero de 2026
Ha dejado de ser una canción sesentera chapurreada en un inglés carpetovetónico por Raphael; ha dejado de ser la bebida isotónica del verano, el remedio a las gastroenteritis sin piedad
Pero ayer un nombre, Aquarius, se convertía en una canción para mi corazón, en una bebida para la sed del mundo.
Una sed de un mundo que paradójicamente muere ahogado bajo las aguas del Mediterráneo, el que fuera Mare Nostrum, el Mare Mortum, que refleja la vergüenza de un mundo que decidió mirar para otro lado, levantar muros, cerrar las puertas, llorar con hipocresía al pequeño Aylan y a todos los "Aylanes" de una tragedia que convive con una sociedad que hace como que no pasa nada.
De mis años vividos en Cádiz recuerdo con especial horror el naufragio de una patera en Rota con más de 70 personas a bordo. El mar devolvía poco a poco los cadáveres a las playas y los veraneantes apenas se inmutaban cuando aparecía uno. Habían hecho del terror lo habitual, lo cotidiano. Nunca me pareció tan cruel el lobo que esconde el hombre bajo la piel.
Ayer, con la decisión de Pedro Sánchez de dejar arribar al Aquarius a España, de pronto todos nos convertimos en estadistas, en expertos en políticas de Inmigración, en analistas económicos, en augures del cataclismo. Algunos, incluso, me recomendaron que apurase las inyecciones desbocadas para mi desbocada espalda por si se acababan para dárselas "a los negritos". Apreté los puños, apreté los dientes y mastiqué mi furia para no mandar a tomar por culo sin anestesia al susodicho.
No, señores. No. Ante el derecho a la vida, ante la dignidad humana, no hay política ni plan ni religión que prevalezca, ni ideología ni razones que justifiquen la sinrazón de un mundo cuyo arreglo se nos escapa pero que puede ser un poco mejor con un buchito de Aquarius refrescando nuestras conciencias.
No. No han sido los inmigrantes víctimas de su desesperación y de las mafias despiadadas quienes han hundido, quienes nos han robado a manos llenas, quienes han dejado a este país en culo pajarero y tiritando. No han sido las jóvenes madres que se lanzan al agua embarazadas intentando traer a sus hijos a un mundo lejos del horror. No han sido los que huyen de la guerra, de la barbarie, de unas vidas destrozadas sobre las que ya no tenemos el control en un complejo entramado de intereses comerciales, armamentísticos y de todo tipo. No.
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