El jardín del gigante egoista
El genial Oscar Wilde, maestro del esteticismo y la decadencia, retrató como nadie la sociedad británica de finales del siglo XIX: Poderosa, engreída, “pagada” de sus virtudes, insensible con la debilidad de los diferentes… Este joven dramaturgo que abandonó su Irlanda natal, que renegó de la ciudadanía inglesa, que renunció a su propia identidad después de disfrutar de los oropeles de la fama para morir arruinado en una pensión de París, nos dejó para estas fechas una de sus muchas perlas literarias que sigue teniendo el mismo brillo de actualidad que hace ciento treinta y dos años.
Un gigante poderoso y rico, para disfrutar a placer y en exclusiva de su magnífico jardín ahuyentó a niños y mayores, cercó la propiedad con altos muros y colocó en lugar visible un cartel en el que podía leerse: “Prohibida la entrada, los trasgresores serán procesados judicialmente”. Fuera del jardín del gigante egoísta todo era polvo y piedras, y por ellas vagaba la gente pensando en el bonito jardín que habría al otro lado del muro. Pero llegó el invierno y el Viento, el Hielo, El Granizo y la Nieve se adueñaron de tal forma del palacio y del jardín del gigante que no dejaron entrar la primavera.
Ahora, en los comienzos de la tercera década del siglo XXI, volvemos a un nuevo esteticismo en el que casi todo es inútil. La decadencia ha pasado de los pelos, la barba, el atuendo descuidado o la trasgresión de la ética social a la decadencia de la propia humanidad. Levantamos muros y alambradas (convencidos de que “la tierra es para aquellos que han sabido sentarse sobre los demás” que diría Goytisolo), pasamos de puntillas sobre los dramas que ocurren en los “eriales” ajenos, miramos de reojo la ignominia del hambre y la muerte de millones de personas, frivolizamos la inmigración, el racismo, la xenofobia, las violencias de todo signo, forzamos las reglas del planeta y alteramos ecosistemas que son vitales… No queremos admitir que “la realidad tiene límites, pero la estupidez humana no”.
Desde luego no es agradable pensar que fuera hay demasiado polvo y demasiadas piedras, que fuera sopla el viento y está lloviendo, que en cualquier momento el invierno puede abatirse sobre nuestro preciado jardín e impedir el paso a la primavera.
Afortunadamente también se oye el canto de las ONG, el bullir de su admirable voluntariado, de una nueva ciudadanía dispuesta a arrimar el hombro… Cantos y compromisos de canto que nos anuncian el cambio de mentalidad en nuestro “gigante egoísta” particular. Una esperanza que nos hace soñar con la llegada de esa primavera que devuelva a su jardín las flores y los pájaros, como también dejó escrito Wilde en la segunda parte de su Cuento de Navidad.
Aunque creamos estar en un rincón inhóspito del jardín, seguimos bajo la protección de los muros, y ojala que en estos días de sabor a tradición algo que nos haga pensar en derribar los muros de la codicia, de la comodidad, de la complacencia, de los egoísmos… para que llegue a nuestro jardín “privado” esa nueva y necesaria regeneración.
![[Img #123976]](https://interbenavente.es/upload/images/12_2019/5148_gigante.jpg)


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